Cenando con el “enemigo”


Una comida inusual, sin duda. La cocina es una fogata hecha con la madera de una cama vieja, encendida en pleno barro, luego de la lluvia de esta tarde. Una estufa de cuatro palos que sostienen una olla comunal, en medio del sucio, el humo de los carros y la mirada de asco de la gente.

Si miro discretamente hacia la izquierda, pasan dos ratas corriendo entre las tiendas de campaña. “Mira, como en la película Ratatouille…” me digo a mí misma en voz baja, para no pegar un grito histérico.
Muy lejanos me parecen ahora el restaurante de la Ópera y el boeuf bourguignon. El manjar de hoy en el campamento de migrantes de París es granos en salsa y pan. Como entrada, papitas Frito-Lay.

“¿Y qué coño hago yo aquí?” es la pregunta del millón.

La verdad es que no estoy segura. Supongo que se trata de escuchar historias, hacer una que otra foto pero, sobre todo, mostrar un poco de empatía en medio de una realidad durísima para mis “compañeros de mesa” que esperan ser desalojados en la madrugada. Son los siguientes en la lista.

Hoy se completó la evacuación del campamento de migrantes de  Porte de la Chapelle, al norte de París. Más de 1600 extranjeros (afganos, sirios y africanos) que buscan asilo en Francia fueron desalojados de las tiendas de campaña y trasladados a 15 gimnasios cubiertos y dotados de calefacción. Sí, tal como en Game of Thrones… Winter is coming in Paris también.

A partir de ahora, grupos permanentes de policías patrullarán la zona de La Chapelle para que no se vuelvan a formar los bosques de tiendas de campaña. Y es que la reincidencia es tenaz:  esta es la vez número 59 que las autoridades francesas desmantelan los campos de migrantes de París.

Y sin ser pitonisa, me atrevo a decir que se formarán mil veces más.

Y explicaré por qué:  Jani es afgano y llegó a Francia hace cuatro meses, huyendo del régimen talibán. A sus 26 años, ha visto la guerra de cerca y su familia es víctima directa.

Mientras nuestra cena se prepara y comienza a oler sorprendentemente sabroso…  convenzo a Jani para que me cuente su caso.
Con voz  firme pero con los ojos húmedos, empieza a hablar de “esos animales”. Me relata que su hermano fue herido con un cuchillo por los talibanes… pero su francés precario, aderezado con acento afgano, me hace perder detalles importantes. La verdad es que estoy entendiendo sólo la mitad de lo que me dice.

Jani se da cuenta y para de hablar. Saca su teléfono, busca en sus archivos y me muestra la foto de su hermano muerto, rajado en cuatro partes por miembros del régimen talibán.

“Esos animales…” vuelve a decir.

Yo me quedo helada. Sólo logro balbucear un inútil “lo siento”.

Una imagen como esa es la que te explica con sangre  por qué los campamentos volverán a formarse mil veces. Sirios, afganos, malíes, somalíes y más seguirán llegando a Francia para escapar de una suerte terrible en sus países.

Y sin estar del lado de nadie en particular, puedo entender perfectamente la necesidad de desalojo. El deseo de recuperar espacios que estén libres de miseria y suciedad. Yo entiendo muy bien que nadie quiera una ciudadela de carpas frente a su casa… como yo tampoco quiero ver más a Alexandre, el viejo borracho que se sienta en el banco de mi calle a maldecir a quien pasa por el frente y deja todas las noches unas cuatro botellas de whiskey.

Los parisinos tienen miedo de los migrantes de campamentos.  Y desde su perspectiva, tienen razón: no saben quiénes son, nunca los han escuchado.

Justo hoy vi un “reportaje” de una periodista francesa que prometía “mostrar la realidad de los campamentos” pero que jamás se bajó del carro. En lugar de eso, entrevistó a los vecinos de los alrededores que, obviamente, alimentaron mucho más el miedo hacia los migrantes.

Sentí vergüenza de mi profesión.

Hoy se habla de más de “1600 migrantes evacuados”, sin nombres, sin rostro. Una fila, un autobús, un montón de tiendas arrancadas. Para mí, que tengo meses visitándolos, haciéndoles retratos individuales y hablando con ellos, son Ahmed, Muhammad, Jani, Abbas, Ylhya, Hamda, Afrasiab…

Los que me ceden la mejor silla y, en su absoluta precariedad, comparten su cena conmigo.

Sin miedo.

 

Reconciliarse con la normalidad

Calle Paris
Place de la République, París. Una noche cualquiera.

“Normal” es un concepto abstracto, difuso, que cada quien adereza con sus propias especias. Y ahora que estoy en Francia – pero aún con la cabeza en Venezuela – es una palabra que adquiere un nuevo significado todos los días.

Con ejemplos se dice mejor.

Si estoy en la calle a golpe de 6 de la tarde… saltan de repente una serie de sensaciones que vinieron también en la maleta desde Caracas. Todavía tengo esa alarma interna que me dice: “Ya se está haciendo de noche, mejor nos vamos para la casa”.

Y sí, enfilo mis pasos hacia allá… sólo que, en el trayecto, me topo con cientos de personas que están APENAS EMPEZANDO a vivir la noche. Gente que camina entre risas, que habla por el celular, que se besa bajo una estatua. Gente trotando, gente que bebe una copa, sentada tranquilamente en las mesas que están puestas en la acera. ¡EN LA ACERA!
A mi cerebro se le cruzan los cables, no entiende. Teme por todos. Casi pega un grito en medio de la avenida para decir “¿Ustedes están locos o qué coño les pasa? ¿No entienden que los pueden venir a atracar?”

Por supuesto, en menos de 5 segundos, todo se aclara: la que está loca soy yo. La que cree que le van a quitar el celular a punta de pistola soy yo. La que tiene años de entrenamiento en el pánico y una serie de alarmas siempre en rojo. Yo soy la chica a la que han robado 8 veces, la que entregó el carro bajo la orden de un par de revólveres, la que perdió su anillo más importante en las manos de un maldito ladrón con la cara cortada. La que regresó un día a su casa y la encontró hecha mierda, sin televisor, sin computadora, sin equipo de sonido y sin alma.

Lo que yo tengo aún en la piel es  el miedo. Una sensación absolutamente útil en Petare, Sabana Grande y El Rosal pero un poco fuera de lugar en las calles parisinas, incluso  en las feas. Nadie quiere caminar al lado de una mujer que se sobresalta por todo y desconfía de todos.

Esa chica que mira en 360 grados con sus 100 ojos y que empieza a temblar cuando escucha pasos a sus espaldas…  tiene que calmarse.

Calmarse ante el ruido urbano y entender que una moto no es necesariamente un vehículo del crimen. Que puede ser simplemente un medio de transporte. Calmarse ante la cercanía de la gente, ante los que hacen preguntas para llegar a algún sitio, ante los que le sonríen en el metro.

Calmarse, calmarse.

Jamón Paris
La nevera de los jamones. Un supermercado cualquiera. París.

Luego está la comida. Vamos, no quiero alimentar esa odiosa comparación entre un supermercado francés y los anaqueles vacíos de Venezuela… pero debo confesar que hacer mercado aquí es un regalo para el espíritu.

La abundancia es tan  apabullante que confunde, arropa. Hay tanto, tantísimo,  que no sé qué comprar. No sé si el jamón es mejor con o sin orillitas… ahumado, al horno, natural, con miel, bio, sin sal o con vitaminas.

Hay pollo, carne, huevos, leche, harina, azúcar, café, en diferentes presentaciones, tamaños, colores, marcas… y todo está ahí. No hay que hacer cola ni hay que pagarlo a un precio exorbitante en el mercado negro. Está AHÍ.

Y es tan normal que, en una tarde cualquiera,  los hijos de mis amigas cantan una canción tradicional francesa que dice: “Au marché, au marché… tu peux tout, tout trouver” (En el mercado, en el mercado, puedes encontrar de todo, de todo).

Yo los veo y me sonrío de verlos felices, pero no puedo evitar recordar al niño que entrevistó mi colega Francisco Urreiztieta en Zulia, que lloraba de hambre y decía que le dolía la cabeza. O a los alumnos de las escuelas Fe y Alegría que dibujaban un plato vacío como la cena cotidiana en sus hogares.
La normalidad me golpea y, de algún modo, me hace sentir culpable. ¿Qué derecho tengo yo a estar escogiendo jamones, pollos y carnes cuando hay tanta gente en casa que hace milagros para comer lo que pueda encontrar?

También es normal que uno vaya a la farmacia y haya medicinas. Para eso son las farmacias.

Y aunque muchos paisanos no me lo crean, hay anti-gripales, jarabes para la tos, anticonceptivos, medicamentos para la tensión, antibióticos, protectores gástricos, pañales para adultos, antialérgicos, leche de fórmula para bebés.

Esto va a sonar retorcido pero les juro que hasta provoca enfermarse.

Es normal que el internet funcione bien. En la casa, en el celular ¡y hasta en una plaza! Y aún así, es normal también que la gente se informe VIENDO LA TELEVISIÓN.

Envidio a los franceses que se arrellanan en el sofá, ponen el noticiero de las ocho de la noche y se enteran de todo. Bien atrás quedó la televisión venezolana como medio de información. O bien es una pantalla temerosa e insípida que no llama las cosas por su nombre… o es  un escupidero de odio contra todo aquel que no sea rojo.

Por eso, ya todos entendimos que hay que volcarse a Twitter, Facebook o Instagram si uno quiere saber qué diablos está pasando. Eso, por supuesto, si  el Dios ABA lo permite.

¿Ya hablé del efectivo?

Hace algunos días, estaba buscando la mejor manera de entregarle a una amiga unos 150 euros que le tenía pendientes. Ella, muy tranquila, me dice: “Oye, por qué no los sacas del cajero y me los das en efectivo?”

Yo me quedé muda. Con el chip venezolano aún en la cabeza, empecé a sacar cuentas de CUANTOS DIAS me iba a tomar sacar esa cantidad de plata…

Y es que, en Venezuela, mi límite de retiro es de 20 mil bolívares diarios, lo que me ha hecho tener un corralito criollo inyectado en las venas que poco a poco ha invadido todo mi torrente sanguíneo. Tontamente, me dije: “Bueno, si saco de 20 en 20 euros… ya para la semana que viene, le puedo pagar a Mélanie” .

Así, tal cual. Como el burrito amarrado a una silla de plástico que no se atreve a moverse porque se cree prisionero.

Afortunadamente, Mélanie fue conmigo y me enseñó que aquí, en un país NORMAL, el cajero te da 150 euros de un solo golpe. De hecho, me habría dado 200 si se los hubiera pedido.  DOSCIENTOS!!!!

En realidad, ni siquiera hace falta efectivo. Un taxi se paga con tarjeta… y casi todo lo demás también.

Entre muchas otras cosas, he vuelto a recordar que los colores no necesariamente son políticos. Aquí he vuelto a sacar mi chaqueta roja, mi gorro rojo y mi lápiz labial rojo.

La gente no me ve con temor o con burla, ni me suelta la frase clásica “Ayyyy, estás roja, rojiiiita”. Los franceses me miran, me sonríen o me ignoran, dependiendo del ánimo. Y el que se atreve a decirme una frase, me adorna con esta: “Hoy te ves más contenta. Estás vestida de navidad…”

Así es la normalidad.

No hay que olvidarla, hay que reaprenderla. Y mañana, cuando todo cambie – porque tarde o temprano cambiará –  hay que devolverla a su rincón venezolano… de donde nunca debió salir.

Andreina Flores

Read it in english here: Reconciling with Normality

El cuchitril internacional

Barbes 1

Caminar por el Boulevard Barbès de París es como comprarse un boleto para dar la vuelta al mundo en 80 segundos.
Por supuesto, la primera y gran parada de este tour es el mundo árabe. Argelia, Senegal y Marruecos están incrustados en cada palmo de esta acera. Pero también se respira la presencia del África negra, con sus moños inmensos y sus vestidos anaranjados, verdes, brillantes y fogosos. Huele a kebab… y a axilas agrias que no tocan un desodorante desde hace rato.
Hay castañas al fuego en medio de la calle, tiendas de ropa usada y zapatos viejos, y un montón de basura que desdibuja la belleza de París.

En medio de este caos – que se me antoja feo pero interesante – agrego un absurdo más: una venezolana en busca de un sitio barato donde hacerse las uñas.
Carajo, es que “el país de la belleza” no abandona ni en la más lejana latitud.
Y así llego a un pobre establecimiento, pequeñito,  desordenado y lleno de ruido   –“cuchitril” le dirían en mi tierra – donde me sientan a esperar ser atendida al son de una música árabe que dan ganas de bailar con moneditas en la cintura.

La raza que predomina en este lugar es la negra. Yo soy un bicho raro. Soy la extranjera, la invasora. La blanca que no es francesa y terminó – quién sabe cómo – en este boulevard.
Apenas abro la boca, comienzan las apuestas sobre mi origen. Mi acento en francés es una mezcla de América Latina y el sur de Francia… así que no cualquiera lo identifica.

La primera apuesta suena un poco perdida en el espacio: “Yo creo que es de Europa del Este…” dice una de las africanas que parlotean arropadas por unas enormes uñas fucsia.
Frío, frío.
Me halaga que me confundan con una rumana o con una chica de la República Checa.  Después de todo… ¿quién dice que no pude haber nacido en Praga?
Siento que esa confusión me da estilo. Tanto así que incluso mejoro la postura y bato el pelo.

Dos puestos más allá, con unas trencitas hasta la cintura, una chica de Camerún se acerca más a la geografía correcta: “Yo diría que es brasileña…” susurra mirándome de reojo.
Yo solo sonrío como quien no se ha enterado del juego.

Finalmente pongo las manos sobre la mesa y noto que mi manicurista no es una chica, es un muchacho. Recién llegado de Vietnam. No habla francés ni inglés. Solo balbucea algunas palabras claves para hacer su trabajo correctamente como “vernis”, “couleur”, “laver” y, por supuesto, maneja la frase más importante de todas: “10 euros”.

Barbes 2

Ha adoptado un nombre internacional para facilitar la relación con las clientas: Anthony.
Me mira y sonríe, me quita la cutícula y sonríe, me echa crema en las manos y sonríe. A falta de conversación, Anthony es una sonrisa vietnamita perenne.
A mi lado, una señora enorme, negra hasta los huesos, comienza a hablarme en una lengua totalmente indescifrable para mí. Lo identifico como un dialecto africano pero soy incapaz de ponerlo en el  mapa. Frente a mi cara de signo de interrogación, me dice en francés: “Yo hablo lingalá. Soy del Congo”.
No tengo otra escapatoria que cerrar las apuestas revelando mi país delante de todos: “Yo soy de Venezuela y hablo español…”

Siento que soy una hormiga en medio de esta jungla enorme que me engulle a fuerza de caras nuevas y tradiciones por descubrir.

Este “mélange” de culturas y razas – unas negras, otras achinadas, de uñas largas y acentos extraños – sólo me confirma lo que ya yo sabía desde hace años pero a veces suelo olvidar: el mundo es mucho más grande que Maduro y Borges.
Mucho más grande que el 23 de Enero y Chacao, con sus bolsas de basura como restaurantes de la miseria y su diálogo inútil y mentiroso. Más grande que una Constituyente superpoderosa y una oposición enana que sigue perdida en la oscuridad. Más grande que el SEBIN, que el CNE, que el TSJ, que la MUD y todas las siglas que nos han atormentado por años.

Sí, el mundo es más grande… incluso en los 20 metros cuadrados de esta peluquería de mala muerte.

Andreina Flores
@andreina