El clítoris de Diaryatou

En un pueblo lejano de Guinea, en África, una niña de ocho años acompaña inocentemente a las mujeres de su familia por las colinas. Entre sus tías y su abuela lo han preparado todo:  Diaryatou será pronto “liberada” de ese pequeño pedazo de piel que sólo sirve para dar placer y que resulta sucio en su cultura: el clítoris. Bajo los árboles y sujetada por cuatro matronas del pueblo, un cuchillo rudimentario mutila a a la niña para siempre.

La historia de Diaryatou es sólo una entre millones de mujeres que han sufrido la escisión o  la mutilación genital femenina, una práctica frecuente en Africa y Asia que consiste en la eliminación del clítoris, los labios menores y muchas veces el cierre de los labios mayores de la vulva.
Casi treinta años después de este episodio,  llegamos a la casa de Diaryatou en Paris, para escuchar su testimonio… que sigue siendo sumamente doloroso de contar:

“El día en que todo pasó, yo me encontré de repente con cuatro mujeres. Entre ellas, una que yo llamo “La Bruja” porque era grande y fuerte. Dos me agarraron los pies, las otras dos me agarraron las manos, me tumbaron debajo de unos árboles y ahí me cortaron. Como he dicho muchas veces, el grito que pegué ese día es un grito que marcó mi vida entera, un dolor que no puedo olvidar. Justo después hubo toda una ceremonia, regresamos al pueblo,  donde las mujeres bailaban como parte de ese ritual de la escisión.Durante casi un mes, mi abuela me lavaba con agua caliente y me enseñaba como caminar porque había que caminar con las piernas abiertas para no sentir dolor. Nadie me explicó por qué razón hacían eso… Y así fue como sucedió mi escisión.

Andreina: ¿Qué tipo de escisión sufriste?

Diaryatou:  “La escisión que yo viví fue la del tipo número 2, es decir, se elimina el clítoris y los labios menores pero cada caso depende de donde se practique, en cada país es distinto. Conmigo utilizaron una especie de hojilla, un cuchillo… un cuchillo pequeño. A veces se hace en el hospital y se utilizan tijeras o una cuchilla, dependiendo del país. Pero en los pueblos se hace más que todo con un cuchillo que no es esterilizado. Tampoco se usa anestesia, se hace en condiciones muy difíciles…”

 

La escisión se practica bajo el argumento de mantener a la mujer limpia y fiel a su marido, eliminando un órgano de placer como lo es el clítoris. En 2016, UNICEF estimó que 200 millones de mujeres han sufrido la mutilación genital. La mitad vive en Egipto, Etiopía e Indonesia, aunque se practica en otros 26 países del mundo. La ginecóloga venezolana Mirla Oviedo nos explica de qué se trata exactamente la escisión:

“Consiste en la ablación del clítoris, del capuchón del clítoris (el equivalente al prepucio en el hombre), pero puede ser más grave más acentuado cuando se elimina además los labios menores. Y su expresión más grave es cuando se quita el clítoris, el capuchón, los labios menores y los mayores. En ese caso, hay una sutura de toda la vulva, dejando dos orificios – a veces uno solo- para dejar salir la orina y el flujo menstrual. Es lo que llamamos la infibulación, que es el caso más extremo de la escisión”

En Francia, la ley  condena la mutilación genital hasta con 30 años de prisión y 150 mil euros de multa. Pero la escisión afecta a las niñas y adolescentes de origen africano que viven en Francia pero que viajan con sus padres a África para sufrir el ritual. Se ha lanzado campañas de alerta dirigidas a las menores de edad que pudieran estar en situación de riesgo. Los mensajes publicados en medios de comunicación, redes sociales y centros educativos han frenado eficazmente un buen número de viajes que sirven a la mutilación genital pero el peligro sigue latente.

Durante estas “vacaciones” en África se producen distintos escenarios: o bien las mujeres de la familia – tías, abuelas- realizan la escisión sin el permiso de los padres con el pretexto de mantener la tradición, o  son los mismos padres quienes desean demostrar que no han sido contaminados por la “occidentalidad” francesa y que son perfectamente capaces de respetar sus costumbres ancestrales, por muy atroces que sean. Muchos incluso pretenden suavizar el efecto de la escisión argumentando que en estos nuevos tiempos se realiza en un ambiente hospitalario.
En cualquier caso, con anestesia o sin ella, con cuchillo o con bisturí, es la adolescente quien se ve mutilada de un órgano con el que nace y al que tiene derecho como todas las mujeres.

Consciente de esta práctica, Diaryatou ha convertido su terrible experiencia en activismo, creando campañas en alerta a las jóvenes africanas que viven en Francia y llegando a presidir la organización  “Excision Parlons-en”(Hablemos de la Escisión).  Incluso publicó el libro “Me robaron mi niñez” en el que relata su mutilación genital.

“En 2005 tuve la idea de escribir un libro, pero mi francés no era muy bueno… Cuando le decía a la gente lo que quería hacer… se reían porque me decían: “Cómo vas a hacer un libro si no sabes leer ni escribir?”  Una escritora, amiga de mi psicólogo, me propuso ayudarme a escribir el libro. Nos veíamos todas las semanas, yo contaba mis historias en una grabadora y ella las transcribía. Eso me abrió las puertas a un nuevo mundo donde pude participar en programas de televisión, el Salón del Libro… conocer  a la gente de medios… una nueva vida que yo no esperaba…” relata Diaryatou.

La experiencia de esta mujer guineana es un ejemplo de cómo se puede sobrevivir a la brutalidad de una mutilación y convertirla en una misión de vida. En este Día de la Mujer, compartir su historia podría cambiar el destino de 3 millones de niñas que cada año están en riesgo de sufrir la escisión. El clítoris de Diaryatou se perdió para siempre… pero muchos otros pueden salvarse.

Andreina Flores
8 de marzo de 2020. París, Francia. 

 

Gledys Ibarra, inmigrante en París

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Texto y fotos:  Andreina Flores

Gledys… la de siempre, la negra de ojazos verdes. Eloína Rangel, Luna Camacho, Patria Mía, la Encarnación de Pobre Negro, la misma de nuestros viejos televisores a las nueve de la noche.

Esta vez, bien plantada en un decorado distinto. Gledys llegó a París para presentar su monólogo “La inmigrante”, un guiño a la vida de Kassandra – una venezolana que también lleva nombre de novela – que sufre y aprende a golpes ese proceso en el que estamos miles de criollos ahora: la migración.

Pero no sólo habla de Kassandra. También habla de ella misma. De sus temores, de sus esfuerzos para reinventarse en Londres, de la reciente pérdida de su hija, de sus esperanzas para Venezuela.

Una conversación que me regaló con una confianza rebosante de calor, como quien le cuenta su vida a una amiga entrañable. Al menos así me sentí yo por un rato…

“Este es un texto que tiene mucho en común en este momento con los venezolanos que están fuera de nuestra patria…”  comienza Gledys –  “y también para los que están dentro porque ellos también están en una tierra totalmente desconocida. El detalle que tiene esta pieza es que invita a asomarse por un huequito a lo que es la vida de una actriz fuera de su país, intentando hacer algo fuera de su país, donde ya ha logrado algo.  Kassandra está desquiciada, tratando de reacomodar su vida y tratando de reconstruir sobre algo que ya trae de su país. ¡Y tratando de controlarse! Toma valeriana para calmarse los nervios. Toda la situación la tiene muy fuera de sí pero sin embargo, trata de sobreponerse.”

Cuéntanos ahora de ti, de Gledys… ¿Dónde estás viviendo? ¿Cómo ha sido para ti ese proceso de ser extranjera?

Yo estoy casada con un inglés, tengo once años con mi marido pero había estado muy renuente a irme a Gran Bretaña, a pesar de que Peter Brooks dijo en algún momento que si “el mundo fuera un país, Londres sería el teatro de ese país…”

Caíste donde era, entonces…

Caí donde era, caí donde era. Y bueno, no me da pena confesar que cuando yo llegué a Gran Bretaña, después de estar muy renuente, me compré un libro llamado “Contacts” que tiene toda la industria dentro de sus páginas. Y yo enviaba muchos correos diarios a los jefes de casting, a los teatros… anexando un currículum, fotografías y un demo reel, diciéndoles que si en algún momento necesitaban a alguien con mi perfil, yo estaba totalmente a la orden. Yo mandé, no sé… creo que tres mil correos electrónicos.

Mi esposo llegaba del trabajo y me decía: “Pero Gledys, tú no tienes necesidad de hacer eso, quédate tranquila…”  pero yo sentía que yo tenía que honrar mi carrera porque yo no he sido otra cosa que actriz y Venezuela me dio una oportunidad de formarme en todos los ámbitos que tienen que ver con mi trabajo y eso yo no lo puedo dejar al abandono.  Seis meses después, recibí un correo de un teatro en Londres, haciéndome una invitación a audicionar para la obra “Bodas de Sangre”, que es una pieza de Lorca que yo conozco muy bien.

Yo hice mi audición y después me enteré que todo ese elenco estaba completo pero que cuando recibieron mi correo, no querían dejar de verme para tenerme pendiente para otras audiciones. Sin embargo, más adelante me llamaron para decirme que no querían dejarme fuera del elenco… ¡Yo estaba feliz! No lo podía creer. Yo veía por la ventana desde los ensayos y veía los autobuses rojos y Londres en sí… y decía “Dios mío, dale un amén a esto, que se repita”.

Y así fue. Me llamaron para enviarme un libreto de la obra de “La Tortuga de Darwin” de Juan Mayorga, un dramaturgo muy importante. Es la historia de una tortuga de la Islas Galápagos que muta en una mujer. El segundo correo electrónico fue: “Queremos invitarte a que hagas la tortuga”.  Un año después, me valió el premio que recibí hace algunas semanas, que fue el premio a la mejor interpretación latina de Londres en el año 2017.

Qué orgullo, Gledys. ¿Viste que mandar correos al final sí pagó, no?

Gledys se ríe a carcajadas de saber que tres mil correos no son ningún obstáculo cuando te encaminan hacia un merecido premio en el teatro del mundo. Pero hay más: este año se quitó de la cabeza la barrera del idioma. Buscó un coach, se preparó y se presentó en el casting para “Yerma” de García Lorca… en inglés. No había escapatoria: el rol de La Hechicera es ahora suyo.

En una especie de mini-función privada, le pido a Gledys que me recite algo de su personaje en inglés. Levanta el mentón, abre los brazos y se lanza:

If you come to see the saint
Pray that your womb will open
don’t  wear a veil of mourning
wear your softest, finest linen…

 

Para mí es una visión: Gledys Ibarra dominando el mundo desde las tablas de un teatro en Londres. Eloína Rangel hablando inglés. Y con ella toda Venezuela.

Gledys-2

Y aún con la escarcha londinense sobre las pestañas, decidimos echar 25 años atrás y recordar “Por estas calles”, sin olvidar la vigencia que sigue teniendo en 2018…

“No, no es un recuerdo” – dice Gledys-  “Ahora se está padeciendo lo que estaba comenzando a ser la enfermedad de un país y que definitivamente terminó carcomiendo la carne sana de ese país. La prueba palpable de que había una situación distinta en aquella época es que una novela por estas calles se pudo hacer. El personaje de Eloína Rangel partió mi carrera en dos. Eloína era tan cercana a la realidad de la gente. El público sintió que cada lágrima de ella era su propia lágrima. Es la representación de la mujer de un país.”

En este punto de la conversación con Gledys, tengo que decidir si tomo un riesgo importante: hablar de la pérdida de su hija, quien murió de cáncer en febrero de este año. Sugar Felicidad, una mujer de 39 años que deja dos hijas adolescentes y una madre inconsolable.

No quiero hacer la pregunta pero… estoy aquí con ella en París, en esta tertulia tan íntima que no quiero dejar pasar la oportunidad de conocer ese aspecto de su vida personal. Finalmente, abro la boca:

Gledys… sé que este año sufriste una pérdida importante: la de tu hija. Quería hacerme solidaria contigo, con ese sentimiento. ¿Cómo vives un momento como ese…?

Apenas termino mi pregunta, los ojos de mi entrevistada se inundan, el verde se vuelve agua clara y un silencio profundo abre una brecha que no sé si será insalvable. Me siento la peor mierda de Francia, Venezuela y el mundo entero. Pero ella, más valiente, responde:

“Yo creo que una madre que pierde a su hijo queda total y absolutamente mutilada. Así uno sea solidario con el dolor ajeno, con tanto joven que se perdió en la lucha por Venezuela, por adecentar un país… siempre nos quedamos pensando en la valentía de los seres que hacen esa lucha. Ya en este punto yo me quedo pensando en la valentía de la madre. En seguir viviendo con un dolor que absolutamente nadie puede calcular. Nadie.

Mi manera de sobrellevar ese duelo en este momento es pensar que mi hija dejó dos tesoros hermosos… y ese fue un acto de generosidad que yo debo honrar también. Mi hija fue un canto a la vida. Y si en este momento está reencarnando…  la mujer a la que le toque ser su madre, va a ser una mujer… muy feliz”.

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Gledys, para terminar… ¿qué les dices a los venezolanos que están emigrando? A los que se van en autobús, en avión pero también a los que vemos caminando por las carreteras de Colombia, Ecuador, Perú…

“Yo creo que, en términos generales, la decisión que se tome es una decisión que hay que sacarla con dientes, con garra, con fuerza. Se toma el lugar de migración pedacito por pedacito. Yo les diría: ‘No extrañes, no sientas nostalgia porque Venezuela va a seguir allí. Margarita va a seguir allí.  Yo creo va a haber algún momento en que Venezuela va a necesitar de todas las capacidades que estamos desarrollando afuera para ponerlas al servicio del país. Anda y prepárate. ¿Qué debes hacer? ¿Nunca tuviste que trabajar en la construcción porque antes eras abogado? Pues hazlo y aprende cómo se pega bien ese bloque. A lo mejor en algún momento te toca reconstruir algo que nosotros teníamos como baluarte de nuestra ciudad…”

Y Gledys Ibarra… ¿regresará a Venezuela?

“Yo pienso que sí, quiero creer que sí. Lo único es que yo estoy ya a un bolívar de tener 60 años y lo que quiero es tranquilidad. Lo que sí me gustaría es no morirme sin ver a Venezuela libre…”

 

Escucha la entrevista de Gledys Ibarra aquí:

Volver al Bataclan

Bataclan Ruben Blades

Cuando se entra al lugar donde han muerto 90 personas en una sola noche, uno no sabe muy bien qué hacer. Hay un brote de emociones raras. Un estómago revuelto, una sonrisa nerviosa,, mil preguntas y una mirada alerta para ver quién tiene cara de terrorista, loco o asesino.

La primera en aparecer es la pregunta culpable: “¿Tengo derecho a bailar salsa sobre el mismo piso en el que estas personas fueron asesinadas? Soy una hija de puta. ¿Cómo soy capaz?”

Y luego, ese escaneo visual de 360 grados al teatro completo,  imaginándome un tiroteo eterno y un montón de sangre y gritos. Reviviendo una escena que nunca vi pero que forma parte de una película que ha rodado con mucha nitidez en mi imaginación desde noviembre del 2015.

Bajo la mirada disimuladamente y veo una mancha en el piso. “¿Será sangre? Será que no limpiaron bien y quedó esa sombra oscura para siempre? No, no. Es una veta de la madera. Cálmate”.

Un ramillete más: “¿Qué estaba haciendo Sven Alejandro – el único venezolano fallecido en esa masacre – cuando murió? ¿Estaba saltando como yo? ¿Estaba contento de estar aquí como yo?”.

A pesar de todos esos sentimientos oscuros, hay algo que siempre he admirado de los franceses… y es que se recuperan dignamente de las peores tragedias. De dos guerras mundiales, los excesos de la monarquía, el caos post-revolución y últimamente, los actos terroristas.

Plantan cara y abofetean con esto: “No les vamos a dar el gusto de quedarnos en casa. Francia no pierde su façon de vivre a causa del miedo”.

Es tan contundente su actitud que uno no tiene más opción que plegarse. Tragar grueso, bendecir a los que murieron y bailar “Pedro Navaja” en su nombre.

Amén.

@andreina

Reconciliarse con la normalidad

Calle Paris
Place de la République, París. Una noche cualquiera.

“Normal” es un concepto abstracto, difuso, que cada quien adereza con sus propias especias. Y ahora que estoy en Francia – pero aún con la cabeza en Venezuela – es una palabra que adquiere un nuevo significado todos los días.

Con ejemplos se dice mejor.

Si estoy en la calle a golpe de 6 de la tarde… saltan de repente una serie de sensaciones que vinieron también en la maleta desde Caracas. Todavía tengo esa alarma interna que me dice: “Ya se está haciendo de noche, mejor nos vamos para la casa”.

Y sí, enfilo mis pasos hacia allá… sólo que, en el trayecto, me topo con cientos de personas que están APENAS EMPEZANDO a vivir la noche. Gente que camina entre risas, que habla por el celular, que se besa bajo una estatua. Gente trotando, gente que bebe una copa, sentada tranquilamente en las mesas que están puestas en la acera. ¡EN LA ACERA!
A mi cerebro se le cruzan los cables, no entiende. Teme por todos. Casi pega un grito en medio de la avenida para decir “¿Ustedes están locos o qué coño les pasa? ¿No entienden que los pueden venir a atracar?”

Por supuesto, en menos de 5 segundos, todo se aclara: la que está loca soy yo. La que cree que le van a quitar el celular a punta de pistola soy yo. La que tiene años de entrenamiento en el pánico y una serie de alarmas siempre en rojo. Yo soy la chica a la que han robado 8 veces, la que entregó el carro bajo la orden de un par de revólveres, la que perdió su anillo más importante en las manos de un maldito ladrón con la cara cortada. La que regresó un día a su casa y la encontró hecha mierda, sin televisor, sin computadora, sin equipo de sonido y sin alma.

Lo que yo tengo aún en la piel es  el miedo. Una sensación absolutamente útil en Petare, Sabana Grande y El Rosal pero un poco fuera de lugar en las calles parisinas, incluso  en las feas. Nadie quiere caminar al lado de una mujer que se sobresalta por todo y desconfía de todos.

Esa chica que mira en 360 grados con sus 100 ojos y que empieza a temblar cuando escucha pasos a sus espaldas…  tiene que calmarse.

Calmarse ante el ruido urbano y entender que una moto no es necesariamente un vehículo del crimen. Que puede ser simplemente un medio de transporte. Calmarse ante la cercanía de la gente, ante los que hacen preguntas para llegar a algún sitio, ante los que le sonríen en el metro.

Calmarse, calmarse.

Jamón Paris
La nevera de los jamones. Un supermercado cualquiera. París.

Luego está la comida. Vamos, no quiero alimentar esa odiosa comparación entre un supermercado francés y los anaqueles vacíos de Venezuela… pero debo confesar que hacer mercado aquí es un regalo para el espíritu.

La abundancia es tan  apabullante que confunde, arropa. Hay tanto, tantísimo,  que no sé qué comprar. No sé si el jamón es mejor con o sin orillitas… ahumado, al horno, natural, con miel, bio, sin sal o con vitaminas.

Hay pollo, carne, huevos, leche, harina, azúcar, café, en diferentes presentaciones, tamaños, colores, marcas… y todo está ahí. No hay que hacer cola ni hay que pagarlo a un precio exorbitante en el mercado negro. Está AHÍ.

Y es tan normal que, en una tarde cualquiera,  los hijos de mis amigas cantan una canción tradicional francesa que dice: “Au marché, au marché… tu peux tout, tout trouver” (En el mercado, en el mercado, puedes encontrar de todo, de todo).

Yo los veo y me sonrío de verlos felices, pero no puedo evitar recordar al niño que entrevistó mi colega Francisco Urreiztieta en Zulia, que lloraba de hambre y decía que le dolía la cabeza. O a los alumnos de las escuelas Fe y Alegría que dibujaban un plato vacío como la cena cotidiana en sus hogares.
La normalidad me golpea y, de algún modo, me hace sentir culpable. ¿Qué derecho tengo yo a estar escogiendo jamones, pollos y carnes cuando hay tanta gente en casa que hace milagros para comer lo que pueda encontrar?

También es normal que uno vaya a la farmacia y haya medicinas. Para eso son las farmacias.

Y aunque muchos paisanos no me lo crean, hay anti-gripales, jarabes para la tos, anticonceptivos, medicamentos para la tensión, antibióticos, protectores gástricos, pañales para adultos, antialérgicos, leche de fórmula para bebés.

Esto va a sonar retorcido pero les juro que hasta provoca enfermarse.

Es normal que el internet funcione bien. En la casa, en el celular ¡y hasta en una plaza! Y aún así, es normal también que la gente se informe VIENDO LA TELEVISIÓN.

Envidio a los franceses que se arrellanan en el sofá, ponen el noticiero de las ocho de la noche y se enteran de todo. Bien atrás quedó la televisión venezolana como medio de información. O bien es una pantalla temerosa e insípida que no llama las cosas por su nombre… o es  un escupidero de odio contra todo aquel que no sea rojo.

Por eso, ya todos entendimos que hay que volcarse a Twitter, Facebook o Instagram si uno quiere saber qué diablos está pasando. Eso, por supuesto, si  el Dios ABA lo permite.

¿Ya hablé del efectivo?

Hace algunos días, estaba buscando la mejor manera de entregarle a una amiga unos 150 euros que le tenía pendientes. Ella, muy tranquila, me dice: “Oye, por qué no los sacas del cajero y me los das en efectivo?”

Yo me quedé muda. Con el chip venezolano aún en la cabeza, empecé a sacar cuentas de CUANTOS DIAS me iba a tomar sacar esa cantidad de plata…

Y es que, en Venezuela, mi límite de retiro es de 20 mil bolívares diarios, lo que me ha hecho tener un corralito criollo inyectado en las venas que poco a poco ha invadido todo mi torrente sanguíneo. Tontamente, me dije: “Bueno, si saco de 20 en 20 euros… ya para la semana que viene, le puedo pagar a Mélanie” .

Así, tal cual. Como el burrito amarrado a una silla de plástico que no se atreve a moverse porque se cree prisionero.

Afortunadamente, Mélanie fue conmigo y me enseñó que aquí, en un país NORMAL, el cajero te da 150 euros de un solo golpe. De hecho, me habría dado 200 si se los hubiera pedido.  DOSCIENTOS!!!!

En realidad, ni siquiera hace falta efectivo. Un taxi se paga con tarjeta… y casi todo lo demás también.

Entre muchas otras cosas, he vuelto a recordar que los colores no necesariamente son políticos. Aquí he vuelto a sacar mi chaqueta roja, mi gorro rojo y mi lápiz labial rojo.

La gente no me ve con temor o con burla, ni me suelta la frase clásica “Ayyyy, estás roja, rojiiiita”. Los franceses me miran, me sonríen o me ignoran, dependiendo del ánimo. Y el que se atreve a decirme una frase, me adorna con esta: “Hoy te ves más contenta. Estás vestida de navidad…”

Así es la normalidad.

No hay que olvidarla, hay que reaprenderla. Y mañana, cuando todo cambie – porque tarde o temprano cambiará –  hay que devolverla a su rincón venezolano… de donde nunca debió salir.

Andreina Flores

Read it in english here: Reconciling with Normality

Venezuelan French Idol

Yadam Nouvelle Star

Son las nueve de la noche del miércoles. Como ya es costumbre en toda Francia, millones de televidentes se acomodan en el sofá para ver la versión gala de American Idol, el concurso de canto pop que lleva por nombre “Nouvelle Star”.
Un estudio impresionante, una iluminación fantástica, maquillajes, trajes, público entrenado para aplaudir y en medio de toda esa perfección francesa… un venezolano.

¿Coleado?
No, señor. Un joven que se ha ganado su puesto a fuerza de talento y carisma durante toda la competencia y que ha sabido meterse a los franceses en el bolsillo.
Se llama Yadam.

Yadam Andrés Guevara Apóstol, para más señas. El nombre Yadam es el de su mamá, Maday, escrito al revés. Cosas de venezolanos, tú sabes.

Diecinueve añitos, oriundo de Maracay, aprendió francés por su cuenta con los viejos libros del abuelo y, de canción en canción, aterrizó en Francia. Esa es la versión corta.
La versión larga es lo que Yadam me contó en los camerinos de la Cité du Cinéma, a las afueras de París, justo antes de salir a escena.

Bienvenue.

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Yadam ajusta los últimos detalles de vestuario en el camerino de “Nouvelle Star”. Photo: Andreina Flores

¿Cómo llega un venezolano a un reality show de canto EN FRANCIA?

Y: La primera gran oportunidad vino en enero de este año con el concurso “Canta en Francés” de la Alianza Francesa de Venezuela. Tuve que esperar dos años para ser mayor de edad y poder participar por el primer premio: un viaje a Francia por una semana.

Fíjate, yo tenía una beca para ir a estudiar a Brasil y no la tomé. No me sentía cómodo haciendo eso luego de haber estudiado cinco años de francés. No, yo quería hacer algo que tuviera que ver con Francia así que me quedé en Venezuela y participé.
Éramos nueve concursantes y yo representaba a la Alianza Francesa de Maracay. Canté mi canción favorita “Crier tout bas” de Coeur de Pirate … y gané.

Y viniste a Francia…

Y: Vine a París en junio y decidí quedarme dos meses. Lancé un aviso en un grupo de venezolanos en Facebook diciendo: “Quiero quedarme dos meses en Francia y quisiera ver si alguien puede darme hospedaje”. Nadie me respondió.
Sólo una señora nicaragüense, Cristina, me escribió un mensaje privado: “Yo también tenía 19 años cuando vine a Francia y no quiero que pases por todo lo que yo pasé”. Ella y su esposo Fred me hospedaron en su casa y se convirtieron en mi “famille d’accueil”.
Lo más curioso es que son fanáticos de los programas “Nouvelle Star” y “The Voice”, fueron ellos quienes me animaron a inscribirme.
Mandé un video a la dirección del concurso y me anoté entre los 20 mil pre-candidatos iniciales. Se hizo una selección para reducir el grupo a 400, luego a 100, a 40, a 15 y a 12.
Y ya para la final somos los últimos seis.

¿Cómo aprendiste francés? Lo hablas muy bien…

Y: Mi abuelo fue agregado militar de la embajada de Venezuela en Francia durante los años 80. Mi mamá vivió con él esa época y de allí viene la influencia. En el año 2011, yo me planteé aprender otro idioma y encontré los libros viejos de mi abuelo. Con eso y escuchando música, en cinco años aprendí a hablar francés.

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Yadam y otros dos candidatos de “Nouvelle Star” ensayan junto al pianista sus canciones de la noche. Photo: Andreina Flores

Yadam no es uno solo

Yadam Andrés, la nueva estrella de la tele francesa, tiene un hermano gemelo: Yadam Alejandro.
Él y su mamá, Maday, viven en Maracay y siguen las aventuras del cantante por internet. Maday es enfermera pero en los últimos meses ha tenido que diversificarse hacia la pastelería que garantiza un mejor ingreso.
“Mi hermano es autista y no estudia – apunta Yadam Andrés – así que la decisión que tomó mi mamá fue también para cuidarlo a él. Mi meta es que mi hermano y mi mamá puedan venir legalmente a Francia y quedarse aquí conmigo.”

¿Y tu papá?

“Él nunca ha estado en mi vida. Más bien ahora comparte mis videos y dice “mi hijo”. Pero la que se merece el crédito es mi mamá. Quiero verla… quiero que esté aquí para la final.”
Yadam no puede contener las lágrimas. Se quita los lentes y me abraza sabiendo que yo, venezolana, entiendo perfectamente su sentimiento.
Aún así, se repone rápido. Entiende bien que en pocos minutos saldrá a cantar y el triunfo no se logra con las emociones revueltas.

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Yadam ensaya por última vez antes de salir a escena. Photo: Andreina Flores

Yadam llora, sí. Pero a pesar de la nostalgia que siente por su familia y por la tierra de las arepas, su carisma es un soplo de aire fresco. Verlo cantar en francés es olvidarse un rato de la escasez, los asesinatos, la inflación y el nefasto gobierno de Maduro. A uno se le hincha el pecho de orgullo y de repente, vuelve a creer que sí hay futuro.

Antes de irse, le suelto una última pregunta: si pudieras cantar una canción venezolana en “Nouvelle Star”, ¿cuál sería?
“Tonada de Luna Llena de Simón Díaz” – responde Yadam sin pensar . “Es la canción que me recuerda más a mi país y la que llevo siempre”.

La final de “Nouvelle Star” se transmitirá en directo este miércoles 20 de diciembre a las 9 de la noche (hora francesa).
Bon courage, Yadam!

ANDREINA FLORES

@andreina