Gledys Ibarra, inmigrante en París

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Texto y fotos:  Andreina Flores

Gledys… la de siempre, la negra de ojazos verdes. Eloína Rangel, Luna Camacho, Patria Mía, la Encarnación de Pobre Negro, la misma de nuestros viejos televisores a las nueve de la noche.

Esta vez, bien plantada en un decorado distinto. Gledys llegó a París para presentar su monólogo “La inmigrante”, un guiño a la vida de Kassandra – una venezolana que también lleva nombre de novela – que sufre y aprende a golpes ese proceso en el que estamos miles de criollos ahora: la migración.

Pero no sólo habla de Kassandra. También habla de ella misma. De sus temores, de sus esfuerzos para reinventarse en Londres, de la reciente pérdida de su hija, de sus esperanzas para Venezuela.

Una conversación que me regaló con una confianza rebosante de calor, como quien le cuenta su vida a una amiga entrañable. Al menos así me sentí yo por un rato…

“Este es un texto que tiene mucho en común en este momento con los venezolanos que están fuera de nuestra patria…”  comienza Gledys –  “y también para los que están dentro porque ellos también están en una tierra totalmente desconocida. El detalle que tiene esta pieza es que invita a asomarse por un huequito a lo que es la vida de una actriz fuera de su país, intentando hacer algo fuera de su país, donde ya ha logrado algo.  Kassandra está desquiciada, tratando de reacomodar su vida y tratando de reconstruir sobre algo que ya trae de su país. ¡Y tratando de controlarse! Toma valeriana para calmarse los nervios. Toda la situación la tiene muy fuera de sí pero sin embargo, trata de sobreponerse.”

Cuéntanos ahora de ti, de Gledys… ¿Dónde estás viviendo? ¿Cómo ha sido para ti ese proceso de ser extranjera?

Yo estoy casada con un inglés, tengo once años con mi marido pero había estado muy renuente a irme a Gran Bretaña, a pesar de que Peter Brooks dijo en algún momento que si “el mundo fuera un país, Londres sería el teatro de ese país…”

Caíste donde era, entonces…

Caí donde era, caí donde era. Y bueno, no me da pena confesar que cuando yo llegué a Gran Bretaña, después de estar muy renuente, me compré un libro llamado “Contacts” que tiene toda la industria dentro de sus páginas. Y yo enviaba muchos correos diarios a los jefes de casting, a los teatros… anexando un currículum, fotografías y un demo reel, diciéndoles que si en algún momento necesitaban a alguien con mi perfil, yo estaba totalmente a la orden. Yo mandé, no sé… creo que tres mil correos electrónicos.

Mi esposo llegaba del trabajo y me decía: “Pero Gledys, tú no tienes necesidad de hacer eso, quédate tranquila…”  pero yo sentía que yo tenía que honrar mi carrera porque yo no he sido otra cosa que actriz y Venezuela me dio una oportunidad de formarme en todos los ámbitos que tienen que ver con mi trabajo y eso yo no lo puedo dejar al abandono.  Seis meses después, recibí un correo de un teatro en Londres, haciéndome una invitación a audicionar para la obra “Bodas de Sangre”, que es una pieza de Lorca que yo conozco muy bien.

Yo hice mi audición y después me enteré que todo ese elenco estaba completo pero que cuando recibieron mi correo, no querían dejar de verme para tenerme pendiente para otras audiciones. Sin embargo, más adelante me llamaron para decirme que no querían dejarme fuera del elenco… ¡Yo estaba feliz! No lo podía creer. Yo veía por la ventana desde los ensayos y veía los autobuses rojos y Londres en sí… y decía “Dios mío, dale un amén a esto, que se repita”.

Y así fue. Me llamaron para enviarme un libreto de la obra de “La Tortuga de Darwin” de Juan Mayorga, un dramaturgo muy importante. Es la historia de una tortuga de la Islas Galápagos que muta en una mujer. El segundo correo electrónico fue: “Queremos invitarte a que hagas la tortuga”.  Un año después, me valió el premio que recibí hace algunas semanas, que fue el premio a la mejor interpretación latina de Londres en el año 2017.

Qué orgullo, Gledys. ¿Viste que mandar correos al final sí pagó, no?

Gledys se ríe a carcajadas de saber que tres mil correos no son ningún obstáculo cuando te encaminan hacia un merecido premio en el teatro del mundo. Pero hay más: este año se quitó de la cabeza la barrera del idioma. Buscó un coach, se preparó y se presentó en el casting para “Yerma” de García Lorca… en inglés. No había escapatoria: el rol de La Hechicera es ahora suyo.

En una especie de mini-función privada, le pido a Gledys que me recite algo de su personaje en inglés. Levanta el mentón, abre los brazos y se lanza:

If you come to see the saint
Pray that your womb will open
don’t  wear a veil of mourning
wear your softest, finest linen…

 

Para mí es una visión: Gledys Ibarra dominando el mundo desde las tablas de un teatro en Londres. Eloína Rangel hablando inglés. Y con ella toda Venezuela.

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Y aún con la escarcha londinense sobre las pestañas, decidimos echar 25 años atrás y recordar “Por estas calles”, sin olvidar la vigencia que sigue teniendo en 2018…

“No, no es un recuerdo” – dice Gledys-  “Ahora se está padeciendo lo que estaba comenzando a ser la enfermedad de un país y que definitivamente terminó carcomiendo la carne sana de ese país. La prueba palpable de que había una situación distinta en aquella época es que una novela por estas calles se pudo hacer. El personaje de Eloína Rangel partió mi carrera en dos. Eloína era tan cercana a la realidad de la gente. El público sintió que cada lágrima de ella era su propia lágrima. Es la representación de la mujer de un país.”

En este punto de la conversación con Gledys, tengo que decidir si tomo un riesgo importante: hablar de la pérdida de su hija, quien murió de cáncer en febrero de este año. Sugar Felicidad, una mujer de 39 años que deja dos hijas adolescentes y una madre inconsolable.

No quiero hacer la pregunta pero… estoy aquí con ella en París, en esta tertulia tan íntima que no quiero dejar pasar la oportunidad de conocer ese aspecto de su vida personal. Finalmente, abro la boca:

Gledys… sé que este año sufriste una pérdida importante: la de tu hija. Quería hacerme solidaria contigo, con ese sentimiento. ¿Cómo vives un momento como ese…?

Apenas termino mi pregunta, los ojos de mi entrevistada se inundan, el verde se vuelve agua clara y un silencio profundo abre una brecha que no sé si será insalvable. Me siento la peor mierda de Francia, Venezuela y el mundo entero. Pero ella, más valiente, responde:

“Yo creo que una madre que pierde a su hijo queda total y absolutamente mutilada. Así uno sea solidario con el dolor ajeno, con tanto joven que se perdió en la lucha por Venezuela, por adecentar un país… siempre nos quedamos pensando en la valentía de los seres que hacen esa lucha. Ya en este punto yo me quedo pensando en la valentía de la madre. En seguir viviendo con un dolor que absolutamente nadie puede calcular. Nadie.

Mi manera de sobrellevar ese duelo en este momento es pensar que mi hija dejó dos tesoros hermosos… y ese fue un acto de generosidad que yo debo honrar también. Mi hija fue un canto a la vida. Y si en este momento está reencarnando…  la mujer a la que le toque ser su madre, va a ser una mujer… muy feliz”.

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Gledys, para terminar… ¿qué les dices a los venezolanos que están emigrando? A los que se van en autobús, en avión pero también a los que vemos caminando por las carreteras de Colombia, Ecuador, Perú…

“Yo creo que, en términos generales, la decisión que se tome es una decisión que hay que sacarla con dientes, con garra, con fuerza. Se toma el lugar de migración pedacito por pedacito. Yo les diría: ‘No extrañes, no sientas nostalgia porque Venezuela va a seguir allí. Margarita va a seguir allí.  Yo creo va a haber algún momento en que Venezuela va a necesitar de todas las capacidades que estamos desarrollando afuera para ponerlas al servicio del país. Anda y prepárate. ¿Qué debes hacer? ¿Nunca tuviste que trabajar en la construcción porque antes eras abogado? Pues hazlo y aprende cómo se pega bien ese bloque. A lo mejor en algún momento te toca reconstruir algo que nosotros teníamos como baluarte de nuestra ciudad…”

Y Gledys Ibarra… ¿regresará a Venezuela?

“Yo pienso que sí, quiero creer que sí. Lo único es que yo estoy ya a un bolívar de tener 60 años y lo que quiero es tranquilidad. Lo que sí me gustaría es no morirme sin ver a Venezuela libre…”

 

Escucha la entrevista de Gledys Ibarra aquí:

Reconciling with Normality

Calle Paris
Place de la République, Paris. Any night

Léelo en español aquí: Reconciliarse con la Normalidad 

“Normal” is an abstract, diffuse concept, which each person spreads with his/her own spices. And now that I am in France – but still with my head in Venezuela – it is a word that acquires a new meaning every day.

It is better explained with examples:

If I am on the street at 6 o’clock in the afternoon… a series of sensations -that also came from Caracas in my suitcase- suddenly kick in. I still have that internal alarm that tells me: “It’s already getting dark, you’d better go home”. And yes, I begin going back there … only, on the way, I run into hundreds of people who are JUST STARTING to live the night. People walking in laughter, talking on the cell phone, kissing under a statue. People jogging, people having a drink, sitting quietly at the tables that are placed on the sidewalk. ON THE SIDEWALK !!!

My wires are crossed, they do not understand. I fear for everyone. I almost shout in the middle of the avenue “Are you crazy or what the hell is wrong with you? Don’t you understand that somebody can come to rob you? ”

Of course, in less than 5 seconds, everything becomes clear: the one that is crazy is me. The one who thinks that someone is going to steal her cell phone at gunpoint is me. The one who has years of training in panic situations and a series of alarms always in red is me. I am the girl who has been robbed 8 times, the one who drove the car under the command of a pair of revolvers, the one who lost her most important ring at the hands of a damn scarfaced thief. The one who returned one day to her house and found it burglarized, without a television, without a computer, without the sound equipment and without a soul.

What I still have on my skin is fear. An absolutely useful feeling in Petare, Sabana Grande and El Rosal [in Caracas] but a little out of place on the Parisian streets, even in the ugly ones. No one wants to walk next to a woman who is startled by everything and distrusts everyone. That girl with 360 degree looks on her 100 eyes who begins to tremble when she hears footsteps behind her… definitely has to calm down.

Calm down to urban noise and understand that a motorcycle is not necessarily a vehicle of crime; that it can simply be a means of transportation. Calm down before the proximity of people, before those who ask for directions to get somewhere, before those who smile on the subway. Calm down, calm down.

Jamón Paris
The fridge of the hams. Any supermarket. Paris.

Then there is the food. Come on, I do not want to feed that odious comparison between a French supermarket and the empty shelves of Venezuela … but I must confess that going to the market here is a gift for the spirit.
The abundance is so overwhelming that it confuses, it engulfs. There is so much, so much, that I do not know what to buy. I do not know if the ham is better dry-cured or wet-cured … smoked, baked, natural, with honey, organic, without salt or with vitamins. There are chicken, meat, eggs, milk, flour, sugar, coffee, in different presentations, sizes, colors, brands … and everything is there. You do not have to queue and you do not have to pay it at an exorbitant price on the black market. It is just there.

And it’s so normal that, on any given afternoon, the children of my friends sing a traditional French song that says: “Au marché, au marché … tu peux tout, tout trouver” (In the market, in the market, you can find all of everything). I see them and I smile to see them happy, but I cannot help remembering the child interviewed by my colleague Francisco Urreiztieta in Zulia, who was crying from hunger and saying that his head hurt. Or the students of the Fe y Alegría schools who drew an empty plate as the daily dinner in their homes.

Normality hits me and, in some way, makes me feel guilty. What right do I have to be choosing hams, chickens and meats when there are so many people at home that work miracles to eat whatever they can find?

It is also normal to go to the pharmacy and buy medicines in countries other than Venezuela. That’s what pharmacies are for. And although many countrymen may not believe me, there are anti-flu cough syrups, contraceptives, medicines for high blood pressure, antibiotics, gastric protectors, diapers for adults, anti-allergic pills, formula milk for babies. This is going to sound twisted but I swear that I even want to get sick.

It is normal for the internet to work well. At home, on the cell phone and even on a square in the city! And even so, it is also normal for people to inform themselves by VIEWING TELEVISION. I envy the French who lie on the sofa, turn on the TV to the eight o’clock news and find out everything. Long gone are the days when Venezuelan television was a means of information. Now it is either a fearful and insipid screen that does not call things by their name … or it is a spittoon of hatred against anyone who is not red [color associated with pro-government supporters].

For that reason, we all understood that we have to turn to Twitter, Facebook or Instagram if you want to know what the hell is happening. That, of course, if God ABA/Internet allows it.

Have I already talked about cash?

A few days ago, I was looking for the best way to give a friend about 150 euros that I owed her. She very calmly said to me: “Hey, why don’t you take them out of a bank teller and give them to me in cash?” I was silent. With the Venezuelan chip still in my head, I started counting HOW MANY DAYS it was going to take me to get that amount in cash. In Venezuela, my withdrawal limit is 20 thousand bolivares a day. I am conditioned to that number which is now inside my entire bloodstream. Foolishly, I had said to myself: “Well, if I get from 20 to 20 euros a day … by next week, I can pay Mélanie.”

There, that’s how it is, like the donkey tied to a plastic chair that does not dare to move because it thinks it is a prisoner. Fortunately, Mélanie went with me and taught me that here, in a NORMAL country, the teller gives you 150 euros in one push. In fact, it would have given me 200 if I had asked for them. TWO HUNDRED!!!! Actually, you do not even need cash. A taxi is paid with a credit card … and almost everything else, too.

Among many other things, I come to remember that colors are not necessarily political. Here I have decided to take out my red jacket, my red cap and my red lipstick. When I wear red, people here do not see me with fear or mockery, nor do they say to me the classic Venezuelan phrase “Oh, you’re wearing red, reddish red… [roja, rojita -a symbol of chavismo]” The French look at me, smile at me or ignore me, depending on their mood. And those who dare to say something to me will compliment me with phrases like: “Today you look happier. You’re dressed for Christmas… ”

This is normality. We must not forget it, we must relearn what normal is. And tomorrow, when everything changes -because sooner or later it will – we have to return this normality to Venezuela … from where it should have never left.

Andreína Flores
A Venezuelan journalist in Paris

English version: Bertha Leiva