Página 2 de 12

Cuentos de la Yuma

Andreina Balcón Habana

No hay escapatoria posible contra esas ideas que se le incrustan a uno en el cerebro y no dejan de hacer ruido hasta que se vuelven realidad.
Así me pasó a mí con Cuba.

Desde el año 2009, se me metió en la cabeza esa extraña necesidad de tomar un avión a La Habana a conocer por mí misma cómo funcionaban las cosas. Yo quería forjarme mi propia opinión sobre “el mar de la felicidad”; quería ir a Cuba a verla de cerca, a respirarla, a tocarla con mis manos y decir – sin influencias ajenas – si me gustaba o no.
Finalmente aterricé en Cuba en abril de 2013. Yo sola.
Y apenas pisé su suelo, me gané el título de “yuma”, la palabra de calle para definir a los extranjeros. Esa soy yo: una chica que pudiera tener rasgos cubanos pero que usa ropa diferente y habla con un acento menos tropical. La que carga la cámara colgada al cuello y se fija en todo.

En este viaje me quité el chaleco de periodista, me puse los zapatos de goma y me dediqué a caminar, a ver, a escuchar. Nada de lo que cuento aquí pretende enarbolar la bandera de la rigurosidad periodística. Al contrario, me habría gustado ser una espectadora pasiva y no sentir este ardor de contar historias. Ser una holandesa de esas que se maravillan por caminar en la Habana Vieja y admiran que los carros de los años 50 – los llamado “almendrones” – todavía rueden por sus calles. O una noruega que se pasea en short y dice “Oh! Beautiful buildings!” sin advertir que son casas viejas que se están derrumbando con familias completas adentro.

En honor a la verdad, durante esa semana no fui ni turista ni periodista. Fui una mujer corriente que desperdició sus días libres en recorrer un sitio que terminó siendo un potente depresivo.

Una ciudad derruida, como si la segunda guerra mundial le hubiese pasado por encima sin enterarse nunca de que existió un Plan Marshall. Una población mayormente conformista, que miente todo el tiempo, que busca sacarle algún peso convertible a los turistas para resolver esas necesidades básicas que aún en Venezuela, en ese momento, asumíamos como medianamente cubiertas.

Ya en ese viaje venía un adelanto de lo que sería mi país en cuestión de meses: nunca había visto yo a un mendigo pidiendo un jabón en la calle. ¿Un jabón?
Sí, un champú, un paquete de toallas sanitarias o un desodorante resultaban verdaderos tesoros en esa locura económica donde la moneda extranjera es la que manda. Un dólar es el sol.
Como dice el cantante cubano Frank Delgado: “Lo bueno de Cuba siempre algo verde te cuesta”.
Pero cuidado, la miseria tiene sus contrastes… si vas un poquito más allá y te sientas en un “paladar” (viejas casas convertidas en restaurantes) la cuenta te puede salir más cara que en Nueva York.

Nunca había visto yo la prostitución tan de cerca y tan abundante. Cierto que las jineteras siempre han sido parte de la leyenda cubana que todos hemos oído pero – en mi ingenua cabecita – pensaba que había que ir a buscarlas. No hace falta. Están allí, en la esquina de mi hotel, en la calle de enfrente, en el malecón, en la rampa. Donde quieras. Yo misma habría podido pasar una noche intensa con un cubano por diez dólares. O con dos por veinte. Ni hablar de la prostitución infantil… que no describo aquí porque el asco todavía me quema la garganta.

Un país donde el internet es un lujo carísimo y de muy mala calidad. Donde la gente sólo ve los medios del estado y tiene pocas voces independientes para informarse, si es que se atreve a buscar información alternativa.

Porque, más allá de todas esas carencias, la huella que realmente me queda impresa en la piel es que Cuba es el país del miedo. Miedo a hablar, a quejarse, a levantar la voz y decir que las cosas no funcionan. Miedo a gritar que la libreta de racionamiento no alcanza, que el sabor de la carne de res ya se les olvidó porque no la pueden pagar. Miedo a decir que un poquito de leche en el café estaría bien pero que sólo se consigue en pesos convertibles, en dólares.

Miedo a decir que Fidel se equivocó, que esa revolución fue un absoluto fraude que sólo le ha traído miseria y represión a sus ciudadanos. Y no los culpo. Gritar “¡Abajo Fidel!” puede valer la cárcel por el cargo de atentado a la autoridad. Y ese es sólo uno entre muchos otros “delitos”.

Yo también regresé con miedo. Y con tristeza.
Tristeza de ver cómo un país se deja aplastar por una dictadura que lo ha dejado en ruinas, tal como quizás hemos hecho nosotros. Tristeza de pensar que si los cubanos han vivido esto desde 1959, los venezolanos podríamos tener aún algunas décadas de chavismo por delante. Dios no lo permita.

En Cuba me decían: “Luchen ustedes en Venezuela como nosotros no lo hicimos. Porque el cubano no enfrenta esta crisis… se va del país.”
Una premonición, sin duda.

La “yuma” que fui en Cuba ve hoy el fin de la era de los Castro por televisión desde Francia. Vaya ironía del destino.
No soy muy optimista sobre este cambio. Me pregunto qué ventajas traerá realmente para el pueblo cubano que el dirigente no tenga apellido Castro sino Díaz Canel.
El concepto de “apertura económica” suena todavía muy irreal. Tengo que verlo.

Sin embargo, como una lucecita de posible cambio, recuerdo la frase que me dije a mí misma al montarme en el avión hacia La Habana en abril de 2013: “Este viaje es necesario. Hay que ver cómo es Cuba antes de que se llene de McDonald’s”.
Amén.

Andreina Flores
IG: @andreinaperiodista
TW: @andreina

 

Yo no voto

NO Image

No, yo no votaré.

Mi memoria política me impide hacerlo.

Mucho antes de que la empresa SmartMatic dijera que había fraude en los procesos electorales de Venezuela, ya lo sabíamos. Pero no se trata solamente de un fraude a nivel de maquinitas, el fraude se hace en todos los rincones: a nivel de Registro Electoral Permanente, de presionar y amenazar a los dependientes de las dádivas gobierneras para que voten rojo, a nivel del voto asistido, al traer y cedular colombianos para que voten por le chavismo y muy especialmente, al voltear las reglas electorales hasta sacarles todo el jugo a su conveniencia. Y si por casualidad o descuido, el chavismo pierde la elección, se las arregla para destituir/bloquear/exiliar/arrestar al ganador.

Lamento mucho decir esta frase, paisanos míos, pero en Venezuela el voto no vale nada.

Yo voté por Antonio Ledezma como Alcalde Metropolitano de Caracas  en el año 2008 y terminó sin presupuesto y tras las rejas. Le montaron una alcaldía paralela. Lo mismo hicieron con la gobernación de Miranda, al ganar Henrique Capriles. El candidato perdedor, Elías Jaua, fue declarado “protector de Miranda”para amasar los dineros y las decisiones de esa región.

La mayoría de los electores votaron por Ramón Muchacho, David Smolansky, Daniel Ceballos. ¿Dónde están ahora? Los dos primeros en el exilio, el tercero en peligro de muerte dentro de una celda en El Helicoide.

En 2015 yo pegué gritos de alegría por haber ganado las elecciones legislativas. ¿Y qué pasó? Desde el principio, las artimañas empezaron a minar el camino: no se reconoció el triunfo de los diputados de Amazonas y el gobierno de Maduro empezó a meterse por todas las rendijas leguleyas que consiguió, formando una plataforma falsa para declarar a la Asamblea Nacional en desacato permanente. Más de 50 decisiones legislativas fueron bloqueadas por el Tribunal Supremo de Justicia.

Hoy en día, el Parlamento no vale ni medio. Se quedaron hasta sin sede porque la Asamblea Constituyente les invadió el rancho. ¿Valió de algo mi voto? ¿Se respetó mi decisión, mi voluntad como ciudadana? No, compañeros, se limpiaron el rabo con mi papeleta electoral.

Así se inventaron mil obstáculos, pasos, procedimientos y requisitos para no hacer el referéndum revocatorio en 2016. Se llenaban la boca diciendo que era un derecho del pueblo pero lo bloquearon por todos los flancos.

El año pasado, el Zulia votó por Juan Pablo Guanipa. ¿Se respetó el voto? ¿Sirvió de algo “expresar la voluntad del pueblo”? No, fue depuesto como gobernador electo por no arrodillarse ante la Constituyente.

Ahora, en 2018, son más descarados aún:  adelantan elecciones en una estrategia ilegal y prohíben la validación de la tarjeta de la MUD como coalición de partidos. Capriles inhabilitado, López preso en su casa. Quieren elecciones pero no quieren adversarios. Sólo querían a alguien que les hiciera el show… y lo consiguieron.

Pero… en el mejor de los casos, aunque un candidato opositor se hubiese lanzado Y GANADO las presidenciales (con Tiby manejando el CNE, ujum) la todopoderosa figura de la Constituyente se ha instalado de una manera tan feroz que seguiría haciendo lo que le venga en gana. ¿Alguien ve a Diosdado Cabello haciéndole caso a un presidente de la oposición, llámese como se llame?

La comunidad internacional no reconoce estas elecciones. Desde lejos se ve que la cosa es un fraude a todas luces. ¿Por qué empeñarse en participar en un proceso viciado? ¿No hemos aprendido nada?

Coño, ya basta. Una cosa es poner la otra mejilla y una muy diferentes es ir a hacer cola  para que te den una parranda de golpes OTRA VEZ.

Mi posición es absolutamente personal y no estoy haciendo un llamado a seguir los mismos pasos, pero para estas elecciones presidenciales, yo particularmente, digo NO.

Andreina Flores

Reconciling with Normality

Calle Paris
Place de la République, Paris. Any night

Léelo en español aquí: Reconciliarse con la Normalidad 

“Normal” is an abstract, diffuse concept, which each person spreads with his/her own spices. And now that I am in France – but still with my head in Venezuela – it is a word that acquires a new meaning every day.

It is better explained with examples:

If I am on the street at 6 o’clock in the afternoon… a series of sensations -that also came from Caracas in my suitcase- suddenly kick in. I still have that internal alarm that tells me: “It’s already getting dark, you’d better go home”. And yes, I begin going back there … only, on the way, I run into hundreds of people who are JUST STARTING to live the night. People walking in laughter, talking on the cell phone, kissing under a statue. People jogging, people having a drink, sitting quietly at the tables that are placed on the sidewalk. ON THE SIDEWALK !!!

My wires are crossed, they do not understand. I fear for everyone. I almost shout in the middle of the avenue “Are you crazy or what the hell is wrong with you? Don’t you understand that somebody can come to rob you? ”

Of course, in less than 5 seconds, everything becomes clear: the one that is crazy is me. The one who thinks that someone is going to steal her cell phone at gunpoint is me. The one who has years of training in panic situations and a series of alarms always in red is me. I am the girl who has been robbed 8 times, the one who drove the car under the command of a pair of revolvers, the one who lost her most important ring at the hands of a damn scarfaced thief. The one who returned one day to her house and found it burglarized, without a television, without a computer, without the sound equipment and without a soul.

What I still have on my skin is fear. An absolutely useful feeling in Petare, Sabana Grande and El Rosal [in Caracas] but a little out of place on the Parisian streets, even in the ugly ones. No one wants to walk next to a woman who is startled by everything and distrusts everyone. That girl with 360 degree looks on her 100 eyes who begins to tremble when she hears footsteps behind her… definitely has to calm down.

Calm down to urban noise and understand that a motorcycle is not necessarily a vehicle of crime; that it can simply be a means of transportation. Calm down before the proximity of people, before those who ask for directions to get somewhere, before those who smile on the subway. Calm down, calm down.

Jamón Paris
The fridge of the hams. Any supermarket. Paris.

Then there is the food. Come on, I do not want to feed that odious comparison between a French supermarket and the empty shelves of Venezuela … but I must confess that going to the market here is a gift for the spirit.
The abundance is so overwhelming that it confuses, it engulfs. There is so much, so much, that I do not know what to buy. I do not know if the ham is better dry-cured or wet-cured … smoked, baked, natural, with honey, organic, without salt or with vitamins. There are chicken, meat, eggs, milk, flour, sugar, coffee, in different presentations, sizes, colors, brands … and everything is there. You do not have to queue and you do not have to pay it at an exorbitant price on the black market. It is just there.

And it’s so normal that, on any given afternoon, the children of my friends sing a traditional French song that says: “Au marché, au marché … tu peux tout, tout trouver” (In the market, in the market, you can find all of everything). I see them and I smile to see them happy, but I cannot help remembering the child interviewed by my colleague Francisco Urreiztieta in Zulia, who was crying from hunger and saying that his head hurt. Or the students of the Fe y Alegría schools who drew an empty plate as the daily dinner in their homes.

Normality hits me and, in some way, makes me feel guilty. What right do I have to be choosing hams, chickens and meats when there are so many people at home that work miracles to eat whatever they can find?

It is also normal to go to the pharmacy and buy medicines in countries other than Venezuela. That’s what pharmacies are for. And although many countrymen may not believe me, there are anti-flu cough syrups, contraceptives, medicines for high blood pressure, antibiotics, gastric protectors, diapers for adults, anti-allergic pills, formula milk for babies. This is going to sound twisted but I swear that I even want to get sick.

It is normal for the internet to work well. At home, on the cell phone and even on a square in the city! And even so, it is also normal for people to inform themselves by VIEWING TELEVISION. I envy the French who lie on the sofa, turn on the TV to the eight o’clock news and find out everything. Long gone are the days when Venezuelan television was a means of information. Now it is either a fearful and insipid screen that does not call things by their name … or it is a spittoon of hatred against anyone who is not red [color associated with pro-government supporters].

For that reason, we all understood that we have to turn to Twitter, Facebook or Instagram if you want to know what the hell is happening. That, of course, if God ABA/Internet allows it.

Have I already talked about cash?

A few days ago, I was looking for the best way to give a friend about 150 euros that I owed her. She very calmly said to me: “Hey, why don’t you take them out of a bank teller and give them to me in cash?” I was silent. With the Venezuelan chip still in my head, I started counting HOW MANY DAYS it was going to take me to get that amount in cash. In Venezuela, my withdrawal limit is 20 thousand bolivares a day. I am conditioned to that number which is now inside my entire bloodstream. Foolishly, I had said to myself: “Well, if I get from 20 to 20 euros a day … by next week, I can pay Mélanie.”

There, that’s how it is, like the donkey tied to a plastic chair that does not dare to move because it thinks it is a prisoner. Fortunately, Mélanie went with me and taught me that here, in a NORMAL country, the teller gives you 150 euros in one push. In fact, it would have given me 200 if I had asked for them. TWO HUNDRED!!!! Actually, you do not even need cash. A taxi is paid with a credit card … and almost everything else, too.

Among many other things, I come to remember that colors are not necessarily political. Here I have decided to take out my red jacket, my red cap and my red lipstick. When I wear red, people here do not see me with fear or mockery, nor do they say to me the classic Venezuelan phrase “Oh, you’re wearing red, reddish red… [roja, rojita -a symbol of chavismo]” The French look at me, smile at me or ignore me, depending on their mood. And those who dare to say something to me will compliment me with phrases like: “Today you look happier. You’re dressed for Christmas… ”

This is normality. We must not forget it, we must relearn what normal is. And tomorrow, when everything changes -because sooner or later it will – we have to return this normality to Venezuela … from where it should have never left.

Andreína Flores
A Venezuelan journalist in Paris

English version: Bertha Leiva

Reconciliarse con la normalidad

Calle Paris
Place de la République, París. Una noche cualquiera.

“Normal” es un concepto abstracto, difuso, que cada quien adereza con sus propias especias. Y ahora que estoy en Francia – pero aún con la cabeza en Venezuela – es una palabra que adquiere un nuevo significado todos los días.

Con ejemplos se dice mejor.

Si estoy en la calle a golpe de 6 de la tarde… saltan de repente una serie de sensaciones que vinieron también en la maleta desde Caracas. Todavía tengo esa alarma interna que me dice: “Ya se está haciendo de noche, mejor nos vamos para la casa”.

Y sí, enfilo mis pasos hacia allá… sólo que, en el trayecto, me topo con cientos de personas que están APENAS EMPEZANDO a vivir la noche. Gente que camina entre risas, que habla por el celular, que se besa bajo una estatua. Gente trotando, gente que bebe una copa, sentada tranquilamente en las mesas que están puestas en la acera. ¡EN LA ACERA!
A mi cerebro se le cruzan los cables, no entiende. Teme por todos. Casi pega un grito en medio de la avenida para decir “¿Ustedes están locos o qué coño les pasa? ¿No entienden que los pueden venir a atracar?”

Por supuesto, en menos de 5 segundos, todo se aclara: la que está loca soy yo. La que cree que le van a quitar el celular a punta de pistola soy yo. La que tiene años de entrenamiento en el pánico y una serie de alarmas siempre en rojo. Yo soy la chica a la que han robado 8 veces, la que entregó el carro bajo la orden de un par de revólveres, la que perdió su anillo más importante en las manos de un maldito ladrón con la cara cortada. La que regresó un día a su casa y la encontró hecha mierda, sin televisor, sin computadora, sin equipo de sonido y sin alma.

Lo que yo tengo aún en la piel es  el miedo. Una sensación absolutamente útil en Petare, Sabana Grande y El Rosal pero un poco fuera de lugar en las calles parisinas, incluso  en las feas. Nadie quiere caminar al lado de una mujer que se sobresalta por todo y desconfía de todos.

Esa chica que mira en 360 grados con sus 100 ojos y que empieza a temblar cuando escucha pasos a sus espaldas…  tiene que calmarse.

Calmarse ante el ruido urbano y entender que una moto no es necesariamente un vehículo del crimen. Que puede ser simplemente un medio de transporte. Calmarse ante la cercanía de la gente, ante los que hacen preguntas para llegar a algún sitio, ante los que le sonríen en el metro.

Calmarse, calmarse.

Jamón Paris
La nevera de los jamones. Un supermercado cualquiera. París.

Luego está la comida. Vamos, no quiero alimentar esa odiosa comparación entre un supermercado francés y los anaqueles vacíos de Venezuela… pero debo confesar que hacer mercado aquí es un regalo para el espíritu.

La abundancia es tan  apabullante que confunde, arropa. Hay tanto, tantísimo,  que no sé qué comprar. No sé si el jamón es mejor con o sin orillitas… ahumado, al horno, natural, con miel, bio, sin sal o con vitaminas.

Hay pollo, carne, huevos, leche, harina, azúcar, café, en diferentes presentaciones, tamaños, colores, marcas… y todo está ahí. No hay que hacer cola ni hay que pagarlo a un precio exorbitante en el mercado negro. Está AHÍ.

Y es tan normal que, en una tarde cualquiera,  los hijos de mis amigas cantan una canción tradicional francesa que dice: “Au marché, au marché… tu peux tout, tout trouver” (En el mercado, en el mercado, puedes encontrar de todo, de todo).

Yo los veo y me sonrío de verlos felices, pero no puedo evitar recordar al niño que entrevistó mi colega Francisco Urreiztieta en Zulia, que lloraba de hambre y decía que le dolía la cabeza. O a los alumnos de las escuelas Fe y Alegría que dibujaban un plato vacío como la cena cotidiana en sus hogares.
La normalidad me golpea y, de algún modo, me hace sentir culpable. ¿Qué derecho tengo yo a estar escogiendo jamones, pollos y carnes cuando hay tanta gente en casa que hace milagros para comer lo que pueda encontrar?

También es normal que uno vaya a la farmacia y haya medicinas. Para eso son las farmacias.

Y aunque muchos paisanos no me lo crean, hay anti-gripales, jarabes para la tos, anticonceptivos, medicamentos para la tensión, antibióticos, protectores gástricos, pañales para adultos, antialérgicos, leche de fórmula para bebés.

Esto va a sonar retorcido pero les juro que hasta provoca enfermarse.

Es normal que el internet funcione bien. En la casa, en el celular ¡y hasta en una plaza! Y aún así, es normal también que la gente se informe VIENDO LA TELEVISIÓN.

Envidio a los franceses que se arrellanan en el sofá, ponen el noticiero de las ocho de la noche y se enteran de todo. Bien atrás quedó la televisión venezolana como medio de información. O bien es una pantalla temerosa e insípida que no llama las cosas por su nombre… o es  un escupidero de odio contra todo aquel que no sea rojo.

Por eso, ya todos entendimos que hay que volcarse a Twitter, Facebook o Instagram si uno quiere saber qué diablos está pasando. Eso, por supuesto, si  el Dios ABA lo permite.

¿Ya hablé del efectivo?

Hace algunos días, estaba buscando la mejor manera de entregarle a una amiga unos 150 euros que le tenía pendientes. Ella, muy tranquila, me dice: “Oye, por qué no los sacas del cajero y me los das en efectivo?”

Yo me quedé muda. Con el chip venezolano aún en la cabeza, empecé a sacar cuentas de CUANTOS DIAS me iba a tomar sacar esa cantidad de plata…

Y es que, en Venezuela, mi límite de retiro es de 20 mil bolívares diarios, lo que me ha hecho tener un corralito criollo inyectado en las venas que poco a poco ha invadido todo mi torrente sanguíneo. Tontamente, me dije: “Bueno, si saco de 20 en 20 euros… ya para la semana que viene, le puedo pagar a Mélanie” .

Así, tal cual. Como el burrito amarrado a una silla de plástico que no se atreve a moverse porque se cree prisionero.

Afortunadamente, Mélanie fue conmigo y me enseñó que aquí, en un país NORMAL, el cajero te da 150 euros de un solo golpe. De hecho, me habría dado 200 si se los hubiera pedido.  DOSCIENTOS!!!!

En realidad, ni siquiera hace falta efectivo. Un taxi se paga con tarjeta… y casi todo lo demás también.

Entre muchas otras cosas, he vuelto a recordar que los colores no necesariamente son políticos. Aquí he vuelto a sacar mi chaqueta roja, mi gorro rojo y mi lápiz labial rojo.

La gente no me ve con temor o con burla, ni me suelta la frase clásica “Ayyyy, estás roja, rojiiiita”. Los franceses me miran, me sonríen o me ignoran, dependiendo del ánimo. Y el que se atreve a decirme una frase, me adorna con esta: “Hoy te ves más contenta. Estás vestida de navidad…”

Así es la normalidad.

No hay que olvidarla, hay que reaprenderla. Y mañana, cuando todo cambie – porque tarde o temprano cambiará –  hay que devolverla a su rincón venezolano… de donde nunca debió salir.

Andreina Flores

Read it in english here: Reconciling with Normality

Venezuelan French Idol

Yadam Nouvelle Star

Son las nueve de la noche del miércoles. Como ya es costumbre en toda Francia, millones de televidentes se acomodan en el sofá para ver la versión gala de American Idol, el concurso de canto pop que lleva por nombre “Nouvelle Star”.
Un estudio impresionante, una iluminación fantástica, maquillajes, trajes, público entrenado para aplaudir y en medio de toda esa perfección francesa… un venezolano.

¿Coleado?
No, señor. Un joven que se ha ganado su puesto a fuerza de talento y carisma durante toda la competencia y que ha sabido meterse a los franceses en el bolsillo.
Se llama Yadam.

Yadam Andrés Guevara Apóstol, para más señas. El nombre Yadam es el de su mamá, Maday, escrito al revés. Cosas de venezolanos, tú sabes.

Diecinueve añitos, oriundo de Maracay, aprendió francés por su cuenta con los viejos libros del abuelo y, de canción en canción, aterrizó en Francia. Esa es la versión corta.
La versión larga es lo que Yadam me contó en los camerinos de la Cité du Cinéma, a las afueras de París, justo antes de salir a escena.

Bienvenue.

Yadam 4
Yadam ajusta los últimos detalles de vestuario en el camerino de “Nouvelle Star”. Photo: Andreina Flores

¿Cómo llega un venezolano a un reality show de canto EN FRANCIA?

Y: La primera gran oportunidad vino en enero de este año con el concurso “Canta en Francés” de la Alianza Francesa de Venezuela. Tuve que esperar dos años para ser mayor de edad y poder participar por el primer premio: un viaje a Francia por una semana.

Fíjate, yo tenía una beca para ir a estudiar a Brasil y no la tomé. No me sentía cómodo haciendo eso luego de haber estudiado cinco años de francés. No, yo quería hacer algo que tuviera que ver con Francia así que me quedé en Venezuela y participé.
Éramos nueve concursantes y yo representaba a la Alianza Francesa de Maracay. Canté mi canción favorita “Crier tout bas” de Coeur de Pirate … y gané.

Y viniste a Francia…

Y: Vine a París en junio y decidí quedarme dos meses. Lancé un aviso en un grupo de venezolanos en Facebook diciendo: “Quiero quedarme dos meses en Francia y quisiera ver si alguien puede darme hospedaje”. Nadie me respondió.
Sólo una señora nicaragüense, Cristina, me escribió un mensaje privado: “Yo también tenía 19 años cuando vine a Francia y no quiero que pases por todo lo que yo pasé”. Ella y su esposo Fred me hospedaron en su casa y se convirtieron en mi “famille d’accueil”.
Lo más curioso es que son fanáticos de los programas “Nouvelle Star” y “The Voice”, fueron ellos quienes me animaron a inscribirme.
Mandé un video a la dirección del concurso y me anoté entre los 20 mil pre-candidatos iniciales. Se hizo una selección para reducir el grupo a 400, luego a 100, a 40, a 15 y a 12.
Y ya para la final somos los últimos seis.

¿Cómo aprendiste francés? Lo hablas muy bien…

Y: Mi abuelo fue agregado militar de la embajada de Venezuela en Francia durante los años 80. Mi mamá vivió con él esa época y de allí viene la influencia. En el año 2011, yo me planteé aprender otro idioma y encontré los libros viejos de mi abuelo. Con eso y escuchando música, en cinco años aprendí a hablar francés.

Yadam -2 low res
Yadam y otros dos candidatos de “Nouvelle Star” ensayan junto al pianista sus canciones de la noche. Photo: Andreina Flores

Yadam no es uno solo

Yadam Andrés, la nueva estrella de la tele francesa, tiene un hermano gemelo: Yadam Alejandro.
Él y su mamá, Maday, viven en Maracay y siguen las aventuras del cantante por internet. Maday es enfermera pero en los últimos meses ha tenido que diversificarse hacia la pastelería que garantiza un mejor ingreso.
“Mi hermano es autista y no estudia – apunta Yadam Andrés – así que la decisión que tomó mi mamá fue también para cuidarlo a él. Mi meta es que mi hermano y mi mamá puedan venir legalmente a Francia y quedarse aquí conmigo.”

¿Y tu papá?

“Él nunca ha estado en mi vida. Más bien ahora comparte mis videos y dice “mi hijo”. Pero la que se merece el crédito es mi mamá. Quiero verla… quiero que esté aquí para la final.”
Yadam no puede contener las lágrimas. Se quita los lentes y me abraza sabiendo que yo, venezolana, entiendo perfectamente su sentimiento.
Aún así, se repone rápido. Entiende bien que en pocos minutos saldrá a cantar y el triunfo no se logra con las emociones revueltas.

Yadam 5 edit
Yadam ensaya por última vez antes de salir a escena. Photo: Andreina Flores

Yadam llora, sí. Pero a pesar de la nostalgia que siente por su familia y por la tierra de las arepas, su carisma es un soplo de aire fresco. Verlo cantar en francés es olvidarse un rato de la escasez, los asesinatos, la inflación y el nefasto gobierno de Maduro. A uno se le hincha el pecho de orgullo y de repente, vuelve a creer que sí hay futuro.

Antes de irse, le suelto una última pregunta: si pudieras cantar una canción venezolana en “Nouvelle Star”, ¿cuál sería?
“Tonada de Luna Llena de Simón Díaz” – responde Yadam sin pensar . “Es la canción que me recuerda más a mi país y la que llevo siempre”.

La final de “Nouvelle Star” se transmitirá en directo este miércoles 20 de diciembre a las 9 de la noche (hora francesa).
Bon courage, Yadam!

ANDREINA FLORES

@andreina

El cuchitril internacional

Barbes 1

Caminar por el Boulevard Barbès de París es como comprarse un boleto para dar la vuelta al mundo en 80 segundos.
Por supuesto, la primera y gran parada de este tour es el mundo árabe. Argelia, Senegal y Marruecos están incrustados en cada palmo de esta acera. Pero también se respira la presencia del África negra, con sus moños inmensos y sus vestidos anaranjados, verdes, brillantes y fogosos. Huele a kebab… y a axilas agrias que no tocan un desodorante desde hace rato.
Hay castañas al fuego en medio de la calle, tiendas de ropa usada y zapatos viejos, y un montón de basura que desdibuja la belleza de París.

En medio de este caos – que se me antoja feo pero interesante – agrego un absurdo más: una venezolana en busca de un sitio barato donde hacerse las uñas.
Carajo, es que “el país de la belleza” no abandona ni en la más lejana latitud.
Y así llego a un pobre establecimiento, pequeñito,  desordenado y lleno de ruido   –“cuchitril” le dirían en mi tierra – donde me sientan a esperar ser atendida al son de una música árabe que dan ganas de bailar con moneditas en la cintura.

La raza que predomina en este lugar es la negra. Yo soy un bicho raro. Soy la extranjera, la invasora. La blanca que no es francesa y terminó – quién sabe cómo – en este boulevard.
Apenas abro la boca, comienzan las apuestas sobre mi origen. Mi acento en francés es una mezcla de América Latina y el sur de Francia… así que no cualquiera lo identifica.

La primera apuesta suena un poco perdida en el espacio: “Yo creo que es de Europa del Este…” dice una de las africanas que parlotean arropadas por unas enormes uñas fucsia.
Frío, frío.
Me halaga que me confundan con una rumana o con una chica de la República Checa.  Después de todo… ¿quién dice que no pude haber nacido en Praga?
Siento que esa confusión me da estilo. Tanto así que incluso mejoro la postura y bato el pelo.

Dos puestos más allá, con unas trencitas hasta la cintura, una chica de Camerún se acerca más a la geografía correcta: “Yo diría que es brasileña…” susurra mirándome de reojo.
Yo solo sonrío como quien no se ha enterado del juego.

Finalmente pongo las manos sobre la mesa y noto que mi manicurista no es una chica, es un muchacho. Recién llegado de Vietnam. No habla francés ni inglés. Solo balbucea algunas palabras claves para hacer su trabajo correctamente como “vernis”, “couleur”, “laver” y, por supuesto, maneja la frase más importante de todas: “10 euros”.

Barbes 2

Ha adoptado un nombre internacional para facilitar la relación con las clientas: Anthony.
Me mira y sonríe, me quita la cutícula y sonríe, me echa crema en las manos y sonríe. A falta de conversación, Anthony es una sonrisa vietnamita perenne.
A mi lado, una señora enorme, negra hasta los huesos, comienza a hablarme en una lengua totalmente indescifrable para mí. Lo identifico como un dialecto africano pero soy incapaz de ponerlo en el  mapa. Frente a mi cara de signo de interrogación, me dice en francés: “Yo hablo lingalá. Soy del Congo”.
No tengo otra escapatoria que cerrar las apuestas revelando mi país delante de todos: “Yo soy de Venezuela y hablo español…”

Siento que soy una hormiga en medio de esta jungla enorme que me engulle a fuerza de caras nuevas y tradiciones por descubrir.

Este “mélange” de culturas y razas – unas negras, otras achinadas, de uñas largas y acentos extraños – sólo me confirma lo que ya yo sabía desde hace años pero a veces suelo olvidar: el mundo es mucho más grande que Maduro y Borges.
Mucho más grande que el 23 de Enero y Chacao, con sus bolsas de basura como restaurantes de la miseria y su diálogo inútil y mentiroso. Más grande que una Constituyente superpoderosa y una oposición enana que sigue perdida en la oscuridad. Más grande que el SEBIN, que el CNE, que el TSJ, que la MUD y todas las siglas que nos han atormentado por años.

Sí, el mundo es más grande… incluso en los 20 metros cuadrados de esta peluquería de mala muerte.

Andreina Flores
@andreina

La confusa muerte de Neomar Lander

Neomar Lander
Día 68 de protesta contra Maduro.
El joven Neomar Lander, de apenas 17 años,
 viste un casco, una capucha y un chaleco casero hecho con un pedazo de alfombra. En el pecho lleva la inscripción “Yo soy Libertador” para identificarse como parte de la Resistencia y, de hecho, es de los primeros en  la línea de batalla.  Hacia las cuatro de la tarde, se le ve solo,  frente a un contingente de la Policía Nacional Bolivariana, cuando recibe un fuerte impacto en el pecho que le mató casi en el sitio.
 
¿Qué lo mató exactamente? Nadie lo sabe a ciencia cierta.
Diputados de oposición, como José Manuel Olivares y Carlos Paparoni, aseguraron rápidamente  que fue una bomba lacrimógena disparada en línea recta por la PNB. En la otra orilla política, el Ministerio de Interior y Justicia publicó un tuit donde jura que el joven murió al manipular erradamente un mortero de fabricación casera.
 
Por supuesto, los medios y personeros afectos al gobierno de Maduro se han encargado de replicar esta versión ampliamente, empezando por el genio de Winston Vallenilla, quien tildó al joven de “guarimbero” y se ganó un millón de insultos en cuestión de minutos.
Winston vallenilla Guarimbero

Diosdado Cabello – más eficiente que Grissom de CSI – leyó la conclusión de la autopsia de Neomar en televisión y anunció con una propiedad impresionante que el muchacho había utilizado mal el mortero en cuestión y se había provocado la muerte. Por supuesto, culpó a la oposición – especialmente al diputado Miguel Pizarro – de “convocar a un niño a actividades terroristas y entregarles ese tipo de artefactos explosivos”.
 

Se han publicado dos videos importantes: uno tomado desde lo alto de la avenida Libertador de Caracas a la altura de El Rosal, donde se muestra el momento en el que Neomar cae herido en el piso. Yo, particularmente, no le veo un mortero en las manos ni a su alrededor. Pero tampoco veo con claridad que la PNB realmente le dispare y lo alcance en línea recta.

 
El otro video es el publicado por el equipo de El Nacional, donde se ve a Neomar en sus últimos segundos de vida, con un guante puesto y desafiando con gestos y gritos a la PNB. No lo veo tampoco manipulando un mortero en ese momento.
El video está editado, porque el equipo de El Nacional no alcanzó a grabar la secuencia completa con el momento exacto de la caída del muchacho… pero en las imágenes que sí se muestran, no veo mortero alguno. El videógrafo de El Nacional asegura que nunca hubo tal mortero.
 
Pero quedan cabos sueltos, elementos sin descifrar y una tesis que cada vez se hace más grande: es muy difícil que una bomba lacrimógena, aunque sea disparada con la mayor saña y a poquísima distancia, pueda causar una herida tan grande y profunda como la que tiene Neomar en el pecho.
Dice el paramédico que lo atendió, Jonathan Quantip, que la herida exponía huesos y tejido pulmonar. Además era ancha y muy abierta. No quiero ponerme muy detallista con este tipo de cosas pero creo que es importante describir la escena, por cruda que sea.
 
Pienso que, por lo pronto, es preciso esperar a que el Ministerio Público desarrolle las investigaciones pertinentes y emita un parte oficial.
Créanme, los periodistas hemos tenido toda una tarde de actuar como criminalistas, forenses, policías e investigadores para tratar de encontrarle sentido a este episodio. Seguimos intentando.
 

La confusión reina… y también la muerte, que ya suma 66 víctimas en su lista.

 

Andreina Flores