El ojo del millardito

AlejandroAndrade

Ex-tesorero de la Nación, presidente del BANDES, sub-secretario de la Constituyente del 99, participante activo del golpe fallido de 1992, guardaespaldas y protegido de Chávez desde que tuvo “la suerte” de que su “Comandante Eterno” le vaciara un ojo jugando chapita.

Hablamos de “El Tuerto Andrade”. Una joya de la revolución rojita que hoy ha sido condenado a 10 años de cárcel por una Corte Federal estadounidense, acusado de lavado de dinero.
Salió barato, en mi opinión.

Y es que, viéndose contra la pared, Andrade prefirió declararse culpable el pasado 20 de noviembre y cantar hasta por el ojo cuando las autoridades norteamericanas lo sentaron en el banquillo para que confesara su enriquecimiento desbordado y grosero. No tenía opción… joder, es que es muy difícil esconder 60 caballos, un Porsche, un Bentley, tres Mercedes Benz, dos aviones, 6 mansiones y ser vecino de Bill Gates.

Dice el Departamento de Justicia de EEUU, en un comunicado oficial, que Andrade admitió haber recibido más de MIL MILLONES de DÓLARES en sobornos provenientes de las cuentas de Raúl Gorrín (el dueño de Globovisión) y otros “socios” para que el gobierno les asignara el manejo de transacciones de cambio de moneda extranjera a precios irrisorios.
Esos sobornos fueron entregados a Andrade en efectivo y en bienes de lujo como aviones privados, carros, casas, caballos de carrera y relojes de alta gama. Como parte del acuerdo logrado con la justicia estadounidense, Andrade accedió al decomiso de 1 millardo de dólares y de todos los bienes relacionados con el sistema corrupto en el que delinquió.
No quiero ni sacar la cuenta de cómo se habría podido dotar el hospital infantil JM de los Ríos con esos mil millones de dólares. O el de Coche. O el universitario. O un montón de escuelas. O en comida. O en algo más que los lujos de un hijo de puta que se hizo rico a costa de la nación entera.

Es una lástima que esas cuentas judiciales las esté cobrando un país extranjero, visto que el nuestro apenas está despertando en boca del fiscal Tarek William Saab para pedir la extradición de Andrade. No en un intento de hacer justicia contra un ladrón sino para proteger al panita de tener que pagar cárcel en otro país donde las sentencias sí se cumplen.

Los diez años de condena parecen insuficientes… pero vaya que encienden la luz al final del túnel. Así caerán todos.
Digan amén.

Andreina Flores

Gledys Ibarra, inmigrante en París

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Texto y fotos:  Andreina Flores

Gledys… la de siempre, la negra de ojazos verdes. Eloína Rangel, Luna Camacho, Patria Mía, la Encarnación de Pobre Negro, la misma de nuestros viejos televisores a las nueve de la noche.

Esta vez, bien plantada en un decorado distinto. Gledys llegó a París para presentar su monólogo “La inmigrante”, un guiño a la vida de Kassandra – una venezolana que también lleva nombre de novela – que sufre y aprende a golpes ese proceso en el que estamos miles de criollos ahora: la migración.

Pero no sólo habla de Kassandra. También habla de ella misma. De sus temores, de sus esfuerzos para reinventarse en Londres, de la reciente pérdida de su hija, de sus esperanzas para Venezuela.

Una conversación que me regaló con una confianza rebosante de calor, como quien le cuenta su vida a una amiga entrañable. Al menos así me sentí yo por un rato…

“Este es un texto que tiene mucho en común en este momento con los venezolanos que están fuera de nuestra patria…”  comienza Gledys –  “y también para los que están dentro porque ellos también están en una tierra totalmente desconocida. El detalle que tiene esta pieza es que invita a asomarse por un huequito a lo que es la vida de una actriz fuera de su país, intentando hacer algo fuera de su país, donde ya ha logrado algo.  Kassandra está desquiciada, tratando de reacomodar su vida y tratando de reconstruir sobre algo que ya trae de su país. ¡Y tratando de controlarse! Toma valeriana para calmarse los nervios. Toda la situación la tiene muy fuera de sí pero sin embargo, trata de sobreponerse.”

Cuéntanos ahora de ti, de Gledys… ¿Dónde estás viviendo? ¿Cómo ha sido para ti ese proceso de ser extranjera?

Yo estoy casada con un inglés, tengo once años con mi marido pero había estado muy renuente a irme a Gran Bretaña, a pesar de que Peter Brooks dijo en algún momento que si “el mundo fuera un país, Londres sería el teatro de ese país…”

Caíste donde era, entonces…

Caí donde era, caí donde era. Y bueno, no me da pena confesar que cuando yo llegué a Gran Bretaña, después de estar muy renuente, me compré un libro llamado “Contacts” que tiene toda la industria dentro de sus páginas. Y yo enviaba muchos correos diarios a los jefes de casting, a los teatros… anexando un currículum, fotografías y un demo reel, diciéndoles que si en algún momento necesitaban a alguien con mi perfil, yo estaba totalmente a la orden. Yo mandé, no sé… creo que tres mil correos electrónicos.

Mi esposo llegaba del trabajo y me decía: “Pero Gledys, tú no tienes necesidad de hacer eso, quédate tranquila…”  pero yo sentía que yo tenía que honrar mi carrera porque yo no he sido otra cosa que actriz y Venezuela me dio una oportunidad de formarme en todos los ámbitos que tienen que ver con mi trabajo y eso yo no lo puedo dejar al abandono.  Seis meses después, recibí un correo de un teatro en Londres, haciéndome una invitación a audicionar para la obra “Bodas de Sangre”, que es una pieza de Lorca que yo conozco muy bien.

Yo hice mi audición y después me enteré que todo ese elenco estaba completo pero que cuando recibieron mi correo, no querían dejar de verme para tenerme pendiente para otras audiciones. Sin embargo, más adelante me llamaron para decirme que no querían dejarme fuera del elenco… ¡Yo estaba feliz! No lo podía creer. Yo veía por la ventana desde los ensayos y veía los autobuses rojos y Londres en sí… y decía “Dios mío, dale un amén a esto, que se repita”.

Y así fue. Me llamaron para enviarme un libreto de la obra de “La Tortuga de Darwin” de Juan Mayorga, un dramaturgo muy importante. Es la historia de una tortuga de la Islas Galápagos que muta en una mujer. El segundo correo electrónico fue: “Queremos invitarte a que hagas la tortuga”.  Un año después, me valió el premio que recibí hace algunas semanas, que fue el premio a la mejor interpretación latina de Londres en el año 2017.

Qué orgullo, Gledys. ¿Viste que mandar correos al final sí pagó, no?

Gledys se ríe a carcajadas de saber que tres mil correos no son ningún obstáculo cuando te encaminan hacia un merecido premio en el teatro del mundo. Pero hay más: este año se quitó de la cabeza la barrera del idioma. Buscó un coach, se preparó y se presentó en el casting para “Yerma” de García Lorca… en inglés. No había escapatoria: el rol de La Hechicera es ahora suyo.

En una especie de mini-función privada, le pido a Gledys que me recite algo de su personaje en inglés. Levanta el mentón, abre los brazos y se lanza:

If you come to see the saint
Pray that your womb will open
don’t  wear a veil of mourning
wear your softest, finest linen…

 

Para mí es una visión: Gledys Ibarra dominando el mundo desde las tablas de un teatro en Londres. Eloína Rangel hablando inglés. Y con ella toda Venezuela.

Gledys-2

Y aún con la escarcha londinense sobre las pestañas, decidimos echar 25 años atrás y recordar “Por estas calles”, sin olvidar la vigencia que sigue teniendo en 2018…

“No, no es un recuerdo” – dice Gledys-  “Ahora se está padeciendo lo que estaba comenzando a ser la enfermedad de un país y que definitivamente terminó carcomiendo la carne sana de ese país. La prueba palpable de que había una situación distinta en aquella época es que una novela por estas calles se pudo hacer. El personaje de Eloína Rangel partió mi carrera en dos. Eloína era tan cercana a la realidad de la gente. El público sintió que cada lágrima de ella era su propia lágrima. Es la representación de la mujer de un país.”

En este punto de la conversación con Gledys, tengo que decidir si tomo un riesgo importante: hablar de la pérdida de su hija, quien murió de cáncer en febrero de este año. Sugar Felicidad, una mujer de 39 años que deja dos hijas adolescentes y una madre inconsolable.

No quiero hacer la pregunta pero… estoy aquí con ella en París, en esta tertulia tan íntima que no quiero dejar pasar la oportunidad de conocer ese aspecto de su vida personal. Finalmente, abro la boca:

Gledys… sé que este año sufriste una pérdida importante: la de tu hija. Quería hacerme solidaria contigo, con ese sentimiento. ¿Cómo vives un momento como ese…?

Apenas termino mi pregunta, los ojos de mi entrevistada se inundan, el verde se vuelve agua clara y un silencio profundo abre una brecha que no sé si será insalvable. Me siento la peor mierda de Francia, Venezuela y el mundo entero. Pero ella, más valiente, responde:

“Yo creo que una madre que pierde a su hijo queda total y absolutamente mutilada. Así uno sea solidario con el dolor ajeno, con tanto joven que se perdió en la lucha por Venezuela, por adecentar un país… siempre nos quedamos pensando en la valentía de los seres que hacen esa lucha. Ya en este punto yo me quedo pensando en la valentía de la madre. En seguir viviendo con un dolor que absolutamente nadie puede calcular. Nadie.

Mi manera de sobrellevar ese duelo en este momento es pensar que mi hija dejó dos tesoros hermosos… y ese fue un acto de generosidad que yo debo honrar también. Mi hija fue un canto a la vida. Y si en este momento está reencarnando…  la mujer a la que le toque ser su madre, va a ser una mujer… muy feliz”.

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Gledys, para terminar… ¿qué les dices a los venezolanos que están emigrando? A los que se van en autobús, en avión pero también a los que vemos caminando por las carreteras de Colombia, Ecuador, Perú…

“Yo creo que, en términos generales, la decisión que se tome es una decisión que hay que sacarla con dientes, con garra, con fuerza. Se toma el lugar de migración pedacito por pedacito. Yo les diría: ‘No extrañes, no sientas nostalgia porque Venezuela va a seguir allí. Margarita va a seguir allí.  Yo creo va a haber algún momento en que Venezuela va a necesitar de todas las capacidades que estamos desarrollando afuera para ponerlas al servicio del país. Anda y prepárate. ¿Qué debes hacer? ¿Nunca tuviste que trabajar en la construcción porque antes eras abogado? Pues hazlo y aprende cómo se pega bien ese bloque. A lo mejor en algún momento te toca reconstruir algo que nosotros teníamos como baluarte de nuestra ciudad…”

Y Gledys Ibarra… ¿regresará a Venezuela?

“Yo pienso que sí, quiero creer que sí. Lo único es que yo estoy ya a un bolívar de tener 60 años y lo que quiero es tranquilidad. Lo que sí me gustaría es no morirme sin ver a Venezuela libre…”

 

Escucha la entrevista de Gledys Ibarra aquí:

Volver al Bataclan

Bataclan Ruben Blades

Cuando se entra al lugar donde han muerto 90 personas en una sola noche, uno no sabe muy bien qué hacer. Hay un brote de emociones raras. Un estómago revuelto, una sonrisa nerviosa,, mil preguntas y una mirada alerta para ver quién tiene cara de terrorista, loco o asesino.

La primera en aparecer es la pregunta culpable: “¿Tengo derecho a bailar salsa sobre el mismo piso en el que estas personas fueron asesinadas? Soy una hija de puta. ¿Cómo soy capaz?”

Y luego, ese escaneo visual de 360 grados al teatro completo,  imaginándome un tiroteo eterno y un montón de sangre y gritos. Reviviendo una escena que nunca vi pero que forma parte de una película que ha rodado con mucha nitidez en mi imaginación desde noviembre del 2015.

Bajo la mirada disimuladamente y veo una mancha en el piso. “¿Será sangre? Será que no limpiaron bien y quedó esa sombra oscura para siempre? No, no. Es una veta de la madera. Cálmate”.

Un ramillete más: “¿Qué estaba haciendo Sven Alejandro – el único venezolano fallecido en esa masacre – cuando murió? ¿Estaba saltando como yo? ¿Estaba contento de estar aquí como yo?”.

A pesar de todos esos sentimientos oscuros, hay algo que siempre he admirado de los franceses… y es que se recuperan dignamente de las peores tragedias. De dos guerras mundiales, los excesos de la monarquía, el caos post-revolución y últimamente, los actos terroristas.

Plantan cara y abofetean con esto: “No les vamos a dar el gusto de quedarnos en casa. Francia no pierde su façon de vivre a causa del miedo”.

Es tan contundente su actitud que uno no tiene más opción que plegarse. Tragar grueso, bendecir a los que murieron y bailar “Pedro Navaja” en su nombre.

Amén.

@andreina

Cuentos de la Yuma

Andreina Balcón Habana

No hay escapatoria posible contra esas ideas que se le incrustan a uno en el cerebro y no dejan de hacer ruido hasta que se vuelven realidad.
Así me pasó a mí con Cuba.

Desde el año 2009, se me metió en la cabeza esa extraña necesidad de tomar un avión a La Habana a conocer por mí misma cómo funcionaban las cosas. Yo quería forjarme mi propia opinión sobre “el mar de la felicidad”; quería ir a Cuba a verla de cerca, a respirarla, a tocarla con mis manos y decir – sin influencias ajenas – si me gustaba o no.
Finalmente aterricé en Cuba en abril de 2013. Yo sola.
Y apenas pisé su suelo, me gané el título de “yuma”, la palabra de calle para definir a los extranjeros. Esa soy yo: una chica que pudiera tener rasgos cubanos pero que usa ropa diferente y habla con un acento menos tropical. La que carga la cámara colgada al cuello y se fija en todo.

En este viaje me quité el chaleco de periodista, me puse los zapatos de goma y me dediqué a caminar, a ver, a escuchar. Nada de lo que cuento aquí pretende enarbolar la bandera de la rigurosidad periodística. Al contrario, me habría gustado ser una espectadora pasiva y no sentir este ardor de contar historias. Ser una holandesa de esas que se maravillan por caminar en la Habana Vieja y admiran que los carros de los años 50 – los llamado “almendrones” – todavía rueden por sus calles. O una noruega que se pasea en short y dice “Oh! Beautiful buildings!” sin advertir que son casas viejas que se están derrumbando con familias completas adentro.

En honor a la verdad, durante esa semana no fui ni turista ni periodista. Fui una mujer corriente que desperdició sus días libres en recorrer un sitio que terminó siendo un potente depresivo.

Una ciudad derruida, como si la segunda guerra mundial le hubiese pasado por encima sin enterarse nunca de que existió un Plan Marshall. Una población mayormente conformista, que miente todo el tiempo, que busca sacarle algún peso convertible a los turistas para resolver esas necesidades básicas que aún en Venezuela, en ese momento, asumíamos como medianamente cubiertas.

Ya en ese viaje venía un adelanto de lo que sería mi país en cuestión de meses: nunca había visto yo a un mendigo pidiendo un jabón en la calle. ¿Un jabón?
Sí, un champú, un paquete de toallas sanitarias o un desodorante resultaban verdaderos tesoros en esa locura económica donde la moneda extranjera es la que manda. Un dólar es el sol.
Como dice el cantante cubano Frank Delgado: “Lo bueno de Cuba siempre algo verde te cuesta”.
Pero cuidado, la miseria tiene sus contrastes… si vas un poquito más allá y te sientas en un “paladar” (viejas casas convertidas en restaurantes) la cuenta te puede salir más cara que en Nueva York.

Nunca había visto yo la prostitución tan de cerca y tan abundante. Cierto que las jineteras siempre han sido parte de la leyenda cubana que todos hemos oído pero – en mi ingenua cabecita – pensaba que había que ir a buscarlas. No hace falta. Están allí, en la esquina de mi hotel, en la calle de enfrente, en el malecón, en la rampa. Donde quieras. Yo misma habría podido pasar una noche intensa con un cubano por diez dólares. O con dos por veinte. Ni hablar de la prostitución infantil… que no describo aquí porque el asco todavía me quema la garganta.

Un país donde el internet es un lujo carísimo y de muy mala calidad. Donde la gente sólo ve los medios del estado y tiene pocas voces independientes para informarse, si es que se atreve a buscar información alternativa.

Porque, más allá de todas esas carencias, la huella que realmente me queda impresa en la piel es que Cuba es el país del miedo. Miedo a hablar, a quejarse, a levantar la voz y decir que las cosas no funcionan. Miedo a gritar que la libreta de racionamiento no alcanza, que el sabor de la carne de res ya se les olvidó porque no la pueden pagar. Miedo a decir que un poquito de leche en el café estaría bien pero que sólo se consigue en pesos convertibles, en dólares.

Miedo a decir que Fidel se equivocó, que esa revolución fue un absoluto fraude que sólo le ha traído miseria y represión a sus ciudadanos. Y no los culpo. Gritar “¡Abajo Fidel!” puede valer la cárcel por el cargo de atentado a la autoridad. Y ese es sólo uno entre muchos otros “delitos”.

Yo también regresé con miedo. Y con tristeza.
Tristeza de ver cómo un país se deja aplastar por una dictadura que lo ha dejado en ruinas, tal como quizás hemos hecho nosotros. Tristeza de pensar que si los cubanos han vivido esto desde 1959, los venezolanos podríamos tener aún algunas décadas de chavismo por delante. Dios no lo permita.

En Cuba me decían: “Luchen ustedes en Venezuela como nosotros no lo hicimos. Porque el cubano no enfrenta esta crisis… se va del país.”
Una premonición, sin duda.

La “yuma” que fui en Cuba ve hoy el fin de la era de los Castro por televisión desde Francia. Vaya ironía del destino.
No soy muy optimista sobre este cambio. Me pregunto qué ventajas traerá realmente para el pueblo cubano que el dirigente no tenga apellido Castro sino Díaz Canel.
El concepto de “apertura económica” suena todavía muy irreal. Tengo que verlo.

Sin embargo, como una lucecita de posible cambio, recuerdo la frase que me dije a mí misma al montarme en el avión hacia La Habana en abril de 2013: “Este viaje es necesario. Hay que ver cómo es Cuba antes de que se llene de McDonald’s”.
Amén.

Andreina Flores
IG: @andreinaperiodista
TW: @andreina

 

Yo no voto

NO Image

No, yo no votaré.

Mi memoria política me impide hacerlo.

Mucho antes de que la empresa SmartMatic dijera que había fraude en los procesos electorales de Venezuela, ya lo sabíamos. Pero no se trata solamente de un fraude a nivel de maquinitas, el fraude se hace en todos los rincones: a nivel de Registro Electoral Permanente, de presionar y amenazar a los dependientes de las dádivas gobierneras para que voten rojo, a nivel del voto asistido, al traer y cedular colombianos para que voten por le chavismo y muy especialmente, al voltear las reglas electorales hasta sacarles todo el jugo a su conveniencia. Y si por casualidad o descuido, el chavismo pierde la elección, se las arregla para destituir/bloquear/exiliar/arrestar al ganador.

Lamento mucho decir esta frase, paisanos míos, pero en Venezuela el voto no vale nada.

Yo voté por Antonio Ledezma como Alcalde Metropolitano de Caracas  en el año 2008 y terminó sin presupuesto y tras las rejas. Le montaron una alcaldía paralela. Lo mismo hicieron con la gobernación de Miranda, al ganar Henrique Capriles. El candidato perdedor, Elías Jaua, fue declarado “protector de Miranda”para amasar los dineros y las decisiones de esa región.

La mayoría de los electores votaron por Ramón Muchacho, David Smolansky, Daniel Ceballos. ¿Dónde están ahora? Los dos primeros en el exilio, el tercero en peligro de muerte dentro de una celda en El Helicoide.

En 2015 yo pegué gritos de alegría por haber ganado las elecciones legislativas. ¿Y qué pasó? Desde el principio, las artimañas empezaron a minar el camino: no se reconoció el triunfo de los diputados de Amazonas y el gobierno de Maduro empezó a meterse por todas las rendijas leguleyas que consiguió, formando una plataforma falsa para declarar a la Asamblea Nacional en desacato permanente. Más de 50 decisiones legislativas fueron bloqueadas por el Tribunal Supremo de Justicia.

Hoy en día, el Parlamento no vale ni medio. Se quedaron hasta sin sede porque la Asamblea Constituyente les invadió el rancho. ¿Valió de algo mi voto? ¿Se respetó mi decisión, mi voluntad como ciudadana? No, compañeros, se limpiaron el rabo con mi papeleta electoral.

Así se inventaron mil obstáculos, pasos, procedimientos y requisitos para no hacer el referéndum revocatorio en 2016. Se llenaban la boca diciendo que era un derecho del pueblo pero lo bloquearon por todos los flancos.

El año pasado, el Zulia votó por Juan Pablo Guanipa. ¿Se respetó el voto? ¿Sirvió de algo “expresar la voluntad del pueblo”? No, fue depuesto como gobernador electo por no arrodillarse ante la Constituyente.

Ahora, en 2018, son más descarados aún:  adelantan elecciones en una estrategia ilegal y prohíben la validación de la tarjeta de la MUD como coalición de partidos. Capriles inhabilitado, López preso en su casa. Quieren elecciones pero no quieren adversarios. Sólo querían a alguien que les hiciera el show… y lo consiguieron.

Pero… en el mejor de los casos, aunque un candidato opositor se hubiese lanzado Y GANADO las presidenciales (con Tiby manejando el CNE, ujum) la todopoderosa figura de la Constituyente se ha instalado de una manera tan feroz que seguiría haciendo lo que le venga en gana. ¿Alguien ve a Diosdado Cabello haciéndole caso a un presidente de la oposición, llámese como se llame?

La comunidad internacional no reconoce estas elecciones. Desde lejos se ve que la cosa es un fraude a todas luces. ¿Por qué empeñarse en participar en un proceso viciado? ¿No hemos aprendido nada?

Coño, ya basta. Una cosa es poner la otra mejilla y una muy diferentes es ir a hacer cola  para que te den una parranda de golpes OTRA VEZ.

Mi posición es absolutamente personal y no estoy haciendo un llamado a seguir los mismos pasos, pero para estas elecciones presidenciales, yo particularmente, digo NO.

Andreina Flores

Reconciling with Normality

Calle Paris
Place de la République, Paris. Any night

Léelo en español aquí: Reconciliarse con la Normalidad 

“Normal” is an abstract, diffuse concept, which each person spreads with his/her own spices. And now that I am in France – but still with my head in Venezuela – it is a word that acquires a new meaning every day.

It is better explained with examples:

If I am on the street at 6 o’clock in the afternoon… a series of sensations -that also came from Caracas in my suitcase- suddenly kick in. I still have that internal alarm that tells me: “It’s already getting dark, you’d better go home”. And yes, I begin going back there … only, on the way, I run into hundreds of people who are JUST STARTING to live the night. People walking in laughter, talking on the cell phone, kissing under a statue. People jogging, people having a drink, sitting quietly at the tables that are placed on the sidewalk. ON THE SIDEWALK !!!

My wires are crossed, they do not understand. I fear for everyone. I almost shout in the middle of the avenue “Are you crazy or what the hell is wrong with you? Don’t you understand that somebody can come to rob you? ”

Of course, in less than 5 seconds, everything becomes clear: the one that is crazy is me. The one who thinks that someone is going to steal her cell phone at gunpoint is me. The one who has years of training in panic situations and a series of alarms always in red is me. I am the girl who has been robbed 8 times, the one who drove the car under the command of a pair of revolvers, the one who lost her most important ring at the hands of a damn scarfaced thief. The one who returned one day to her house and found it burglarized, without a television, without a computer, without the sound equipment and without a soul.

What I still have on my skin is fear. An absolutely useful feeling in Petare, Sabana Grande and El Rosal [in Caracas] but a little out of place on the Parisian streets, even in the ugly ones. No one wants to walk next to a woman who is startled by everything and distrusts everyone. That girl with 360 degree looks on her 100 eyes who begins to tremble when she hears footsteps behind her… definitely has to calm down.

Calm down to urban noise and understand that a motorcycle is not necessarily a vehicle of crime; that it can simply be a means of transportation. Calm down before the proximity of people, before those who ask for directions to get somewhere, before those who smile on the subway. Calm down, calm down.

Jamón Paris
The fridge of the hams. Any supermarket. Paris.

Then there is the food. Come on, I do not want to feed that odious comparison between a French supermarket and the empty shelves of Venezuela … but I must confess that going to the market here is a gift for the spirit.
The abundance is so overwhelming that it confuses, it engulfs. There is so much, so much, that I do not know what to buy. I do not know if the ham is better dry-cured or wet-cured … smoked, baked, natural, with honey, organic, without salt or with vitamins. There are chicken, meat, eggs, milk, flour, sugar, coffee, in different presentations, sizes, colors, brands … and everything is there. You do not have to queue and you do not have to pay it at an exorbitant price on the black market. It is just there.

And it’s so normal that, on any given afternoon, the children of my friends sing a traditional French song that says: “Au marché, au marché … tu peux tout, tout trouver” (In the market, in the market, you can find all of everything). I see them and I smile to see them happy, but I cannot help remembering the child interviewed by my colleague Francisco Urreiztieta in Zulia, who was crying from hunger and saying that his head hurt. Or the students of the Fe y Alegría schools who drew an empty plate as the daily dinner in their homes.

Normality hits me and, in some way, makes me feel guilty. What right do I have to be choosing hams, chickens and meats when there are so many people at home that work miracles to eat whatever they can find?

It is also normal to go to the pharmacy and buy medicines in countries other than Venezuela. That’s what pharmacies are for. And although many countrymen may not believe me, there are anti-flu cough syrups, contraceptives, medicines for high blood pressure, antibiotics, gastric protectors, diapers for adults, anti-allergic pills, formula milk for babies. This is going to sound twisted but I swear that I even want to get sick.

It is normal for the internet to work well. At home, on the cell phone and even on a square in the city! And even so, it is also normal for people to inform themselves by VIEWING TELEVISION. I envy the French who lie on the sofa, turn on the TV to the eight o’clock news and find out everything. Long gone are the days when Venezuelan television was a means of information. Now it is either a fearful and insipid screen that does not call things by their name … or it is a spittoon of hatred against anyone who is not red [color associated with pro-government supporters].

For that reason, we all understood that we have to turn to Twitter, Facebook or Instagram if you want to know what the hell is happening. That, of course, if God ABA/Internet allows it.

Have I already talked about cash?

A few days ago, I was looking for the best way to give a friend about 150 euros that I owed her. She very calmly said to me: “Hey, why don’t you take them out of a bank teller and give them to me in cash?” I was silent. With the Venezuelan chip still in my head, I started counting HOW MANY DAYS it was going to take me to get that amount in cash. In Venezuela, my withdrawal limit is 20 thousand bolivares a day. I am conditioned to that number which is now inside my entire bloodstream. Foolishly, I had said to myself: “Well, if I get from 20 to 20 euros a day … by next week, I can pay Mélanie.”

There, that’s how it is, like the donkey tied to a plastic chair that does not dare to move because it thinks it is a prisoner. Fortunately, Mélanie went with me and taught me that here, in a NORMAL country, the teller gives you 150 euros in one push. In fact, it would have given me 200 if I had asked for them. TWO HUNDRED!!!! Actually, you do not even need cash. A taxi is paid with a credit card … and almost everything else, too.

Among many other things, I come to remember that colors are not necessarily political. Here I have decided to take out my red jacket, my red cap and my red lipstick. When I wear red, people here do not see me with fear or mockery, nor do they say to me the classic Venezuelan phrase “Oh, you’re wearing red, reddish red… [roja, rojita -a symbol of chavismo]” The French look at me, smile at me or ignore me, depending on their mood. And those who dare to say something to me will compliment me with phrases like: “Today you look happier. You’re dressed for Christmas… ”

This is normality. We must not forget it, we must relearn what normal is. And tomorrow, when everything changes -because sooner or later it will – we have to return this normality to Venezuela … from where it should have never left.

Andreína Flores
A Venezuelan journalist in Paris

English version: Bertha Leiva

Reconciliarse con la normalidad

Calle Paris
Place de la République, París. Una noche cualquiera.

“Normal” es un concepto abstracto, difuso, que cada quien adereza con sus propias especias. Y ahora que estoy en Francia – pero aún con la cabeza en Venezuela – es una palabra que adquiere un nuevo significado todos los días.

Con ejemplos se dice mejor.

Si estoy en la calle a golpe de 6 de la tarde… saltan de repente una serie de sensaciones que vinieron también en la maleta desde Caracas. Todavía tengo esa alarma interna que me dice: “Ya se está haciendo de noche, mejor nos vamos para la casa”.

Y sí, enfilo mis pasos hacia allá… sólo que, en el trayecto, me topo con cientos de personas que están APENAS EMPEZANDO a vivir la noche. Gente que camina entre risas, que habla por el celular, que se besa bajo una estatua. Gente trotando, gente que bebe una copa, sentada tranquilamente en las mesas que están puestas en la acera. ¡EN LA ACERA!
A mi cerebro se le cruzan los cables, no entiende. Teme por todos. Casi pega un grito en medio de la avenida para decir “¿Ustedes están locos o qué coño les pasa? ¿No entienden que los pueden venir a atracar?”

Por supuesto, en menos de 5 segundos, todo se aclara: la que está loca soy yo. La que cree que le van a quitar el celular a punta de pistola soy yo. La que tiene años de entrenamiento en el pánico y una serie de alarmas siempre en rojo. Yo soy la chica a la que han robado 8 veces, la que entregó el carro bajo la orden de un par de revólveres, la que perdió su anillo más importante en las manos de un maldito ladrón con la cara cortada. La que regresó un día a su casa y la encontró hecha mierda, sin televisor, sin computadora, sin equipo de sonido y sin alma.

Lo que yo tengo aún en la piel es  el miedo. Una sensación absolutamente útil en Petare, Sabana Grande y El Rosal pero un poco fuera de lugar en las calles parisinas, incluso  en las feas. Nadie quiere caminar al lado de una mujer que se sobresalta por todo y desconfía de todos.

Esa chica que mira en 360 grados con sus 100 ojos y que empieza a temblar cuando escucha pasos a sus espaldas…  tiene que calmarse.

Calmarse ante el ruido urbano y entender que una moto no es necesariamente un vehículo del crimen. Que puede ser simplemente un medio de transporte. Calmarse ante la cercanía de la gente, ante los que hacen preguntas para llegar a algún sitio, ante los que le sonríen en el metro.

Calmarse, calmarse.

Jamón Paris
La nevera de los jamones. Un supermercado cualquiera. París.

Luego está la comida. Vamos, no quiero alimentar esa odiosa comparación entre un supermercado francés y los anaqueles vacíos de Venezuela… pero debo confesar que hacer mercado aquí es un regalo para el espíritu.

La abundancia es tan  apabullante que confunde, arropa. Hay tanto, tantísimo,  que no sé qué comprar. No sé si el jamón es mejor con o sin orillitas… ahumado, al horno, natural, con miel, bio, sin sal o con vitaminas.

Hay pollo, carne, huevos, leche, harina, azúcar, café, en diferentes presentaciones, tamaños, colores, marcas… y todo está ahí. No hay que hacer cola ni hay que pagarlo a un precio exorbitante en el mercado negro. Está AHÍ.

Y es tan normal que, en una tarde cualquiera,  los hijos de mis amigas cantan una canción tradicional francesa que dice: “Au marché, au marché… tu peux tout, tout trouver” (En el mercado, en el mercado, puedes encontrar de todo, de todo).

Yo los veo y me sonrío de verlos felices, pero no puedo evitar recordar al niño que entrevistó mi colega Francisco Urreiztieta en Zulia, que lloraba de hambre y decía que le dolía la cabeza. O a los alumnos de las escuelas Fe y Alegría que dibujaban un plato vacío como la cena cotidiana en sus hogares.
La normalidad me golpea y, de algún modo, me hace sentir culpable. ¿Qué derecho tengo yo a estar escogiendo jamones, pollos y carnes cuando hay tanta gente en casa que hace milagros para comer lo que pueda encontrar?

También es normal que uno vaya a la farmacia y haya medicinas. Para eso son las farmacias.

Y aunque muchos paisanos no me lo crean, hay anti-gripales, jarabes para la tos, anticonceptivos, medicamentos para la tensión, antibióticos, protectores gástricos, pañales para adultos, antialérgicos, leche de fórmula para bebés.

Esto va a sonar retorcido pero les juro que hasta provoca enfermarse.

Es normal que el internet funcione bien. En la casa, en el celular ¡y hasta en una plaza! Y aún así, es normal también que la gente se informe VIENDO LA TELEVISIÓN.

Envidio a los franceses que se arrellanan en el sofá, ponen el noticiero de las ocho de la noche y se enteran de todo. Bien atrás quedó la televisión venezolana como medio de información. O bien es una pantalla temerosa e insípida que no llama las cosas por su nombre… o es  un escupidero de odio contra todo aquel que no sea rojo.

Por eso, ya todos entendimos que hay que volcarse a Twitter, Facebook o Instagram si uno quiere saber qué diablos está pasando. Eso, por supuesto, si  el Dios ABA lo permite.

¿Ya hablé del efectivo?

Hace algunos días, estaba buscando la mejor manera de entregarle a una amiga unos 150 euros que le tenía pendientes. Ella, muy tranquila, me dice: “Oye, por qué no los sacas del cajero y me los das en efectivo?”

Yo me quedé muda. Con el chip venezolano aún en la cabeza, empecé a sacar cuentas de CUANTOS DIAS me iba a tomar sacar esa cantidad de plata…

Y es que, en Venezuela, mi límite de retiro es de 20 mil bolívares diarios, lo que me ha hecho tener un corralito criollo inyectado en las venas que poco a poco ha invadido todo mi torrente sanguíneo. Tontamente, me dije: “Bueno, si saco de 20 en 20 euros… ya para la semana que viene, le puedo pagar a Mélanie” .

Así, tal cual. Como el burrito amarrado a una silla de plástico que no se atreve a moverse porque se cree prisionero.

Afortunadamente, Mélanie fue conmigo y me enseñó que aquí, en un país NORMAL, el cajero te da 150 euros de un solo golpe. De hecho, me habría dado 200 si se los hubiera pedido.  DOSCIENTOS!!!!

En realidad, ni siquiera hace falta efectivo. Un taxi se paga con tarjeta… y casi todo lo demás también.

Entre muchas otras cosas, he vuelto a recordar que los colores no necesariamente son políticos. Aquí he vuelto a sacar mi chaqueta roja, mi gorro rojo y mi lápiz labial rojo.

La gente no me ve con temor o con burla, ni me suelta la frase clásica “Ayyyy, estás roja, rojiiiita”. Los franceses me miran, me sonríen o me ignoran, dependiendo del ánimo. Y el que se atreve a decirme una frase, me adorna con esta: “Hoy te ves más contenta. Estás vestida de navidad…”

Así es la normalidad.

No hay que olvidarla, hay que reaprenderla. Y mañana, cuando todo cambie – porque tarde o temprano cambiará –  hay que devolverla a su rincón venezolano… de donde nunca debió salir.

Andreina Flores

Read it in english here: Reconciling with Normality