Cenando con el “enemigo”


Una comida inusual, sin duda. La cocina es una fogata hecha con la madera de una cama vieja, encendida en pleno barro, luego de la lluvia de esta tarde. Una estufa de cuatro palos que sostienen una olla comunal, en medio del sucio, el humo de los carros y la mirada de asco de la gente.

Si miro discretamente hacia la izquierda, pasan dos ratas corriendo entre las tiendas de campaña. “Mira, como en la película Ratatouille…” me digo a mí misma en voz baja, para no pegar un grito histérico.
Muy lejanos me parecen ahora el restaurante de la Ópera y el boeuf bourguignon. El manjar de hoy en el campamento de migrantes de París es granos en salsa y pan. Como entrada, papitas Frito-Lay.

“¿Y qué coño hago yo aquí?” es la pregunta del millón.

La verdad es que no estoy segura. Supongo que se trata de escuchar historias, hacer una que otra foto pero, sobre todo, mostrar un poco de empatía en medio de una realidad durísima para mis “compañeros de mesa” que esperan ser desalojados en la madrugada. Son los siguientes en la lista.

Hoy se completó la evacuación del campamento de migrantes de  Porte de la Chapelle, al norte de París. Más de 1600 extranjeros (afganos, sirios y africanos) que buscan asilo en Francia fueron desalojados de las tiendas de campaña y trasladados a 15 gimnasios cubiertos y dotados de calefacción. Sí, tal como en Game of Thrones… Winter is coming in Paris también.

A partir de ahora, grupos permanentes de policías patrullarán la zona de La Chapelle para que no se vuelvan a formar los bosques de tiendas de campaña. Y es que la reincidencia es tenaz:  esta es la vez número 59 que las autoridades francesas desmantelan los campos de migrantes de París.

Y sin ser pitonisa, me atrevo a decir que se formarán mil veces más.

Y explicaré por qué:  Jani es afgano y llegó a Francia hace cuatro meses, huyendo del régimen talibán. A sus 26 años, ha visto la guerra de cerca y su familia es víctima directa.

Mientras nuestra cena se prepara y comienza a oler sorprendentemente sabroso…  convenzo a Jani para que me cuente su caso.
Con voz  firme pero con los ojos húmedos, empieza a hablar de “esos animales”. Me relata que su hermano fue herido con un cuchillo por los talibanes… pero su francés precario, aderezado con acento afgano, me hace perder detalles importantes. La verdad es que estoy entendiendo sólo la mitad de lo que me dice.

Jani se da cuenta y para de hablar. Saca su teléfono, busca en sus archivos y me muestra la foto de su hermano muerto, rajado en cuatro partes por miembros del régimen talibán.

“Esos animales…” vuelve a decir.

Yo me quedo helada. Sólo logro balbucear un inútil “lo siento”.

Una imagen como esa es la que te explica con sangre  por qué los campamentos volverán a formarse mil veces. Sirios, afganos, malíes, somalíes y más seguirán llegando a Francia para escapar de una suerte terrible en sus países.

Y sin estar del lado de nadie en particular, puedo entender perfectamente la necesidad de desalojo. El deseo de recuperar espacios que estén libres de miseria y suciedad. Yo entiendo muy bien que nadie quiera una ciudadela de carpas frente a su casa… como yo tampoco quiero ver más a Alexandre, el viejo borracho que se sienta en el banco de mi calle a maldecir a quien pasa por el frente y deja todas las noches unas cuatro botellas de whiskey.

Los parisinos tienen miedo de los migrantes de campamentos.  Y desde su perspectiva, tienen razón: no saben quiénes son, nunca los han escuchado.

Justo hoy vi un “reportaje” de una periodista francesa que prometía “mostrar la realidad de los campamentos” pero que jamás se bajó del carro. En lugar de eso, entrevistó a los vecinos de los alrededores que, obviamente, alimentaron mucho más el miedo hacia los migrantes.

Sentí vergüenza de mi profesión.

Hoy se habla de más de “1600 migrantes evacuados”, sin nombres, sin rostro. Una fila, un autobús, un montón de tiendas arrancadas. Para mí, que tengo meses visitándolos, haciéndoles retratos individuales y hablando con ellos, son Ahmed, Muhammad, Jani, Abbas, Ylhya, Hamda, Afrasiab…

Los que me ceden la mejor silla y, en su absoluta precariedad, comparten su cena conmigo.

Sin miedo.

 

Luis Carlos, del blog al SEBIN

Luis Carlos cafe editadaBarquisimeto, agosto de 2006

Mi amiga y profesora Karelia de la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto: “Andre, no tenemos presupuesto para alojar al ponente del evento sobre los Blogs. Tú crees que puedas alojarlo en tu casa?”

Yo: “Chama, pero ¿cómo voy yo a meter a un desconocido en mi casa, así como así? Cómo es que se llama el tipo…?”

Karelia: Luis Carlos Díaz. Es pana, ya vas a ver.

Yo: Ustedes sí inventan de verdad. Bueno, dile que sí. Pero yo no tengo cama adicional, lo que tengo son unos colchones…

Karelia: No vale, a él no le importa. Él es un tipo bien…

Luis Carlos llegó a mi casa de Barquisimeto una semana después. Dos completos desconocidos compartiendo los espacios. La casa, la computadora, el baño, la cafetera y el inicio de una de las mejores amistades de mi vida.
No tuvo problema en dormir en los colchones en el piso ni lavar los platos del desayuno. Me decía: “No soy invitado, soy un refugiado”. Pero vaya que era un refugiado de alto nivel.

Luis Carlos era uno de esos niños genios que todo lo saben desde que tienen 12 años, y en esa ocasión del 2006 venía a hablar de una herramienta de infociudadanía que nos tenía a todos eufóricos: los blogs. Lo escuchábamos encantados de ver cómo se movía hábilmente por las letras y la web… y más aún de verlo evangelizando a diestra y siniestra sobre el poder de las redes.

No existía Twitter, ni Facebook, ni Instagram. Pero ya Luis Carlos lo sabía. Sabía que el futuro era ese tejido de redes digitales a lo McLuhan. Entendía perfectamente las dimensiones que la aldea global tomaría y desde 2006 le apostaba la vida a eso.

Andreina y Luis Carlos editada vieja

Luis Carlos fue el único bicho raro que, durante las protestas por el cierre de RCTV en 2007, mostraba una pancarta que decía “Abre tu blog”. Un mensaje premonitorio que nadie entendió en ese momento pero que hoy todos practican. Hoy hacemos microblogging desde nuestros propios medios, superando incluso a los moderados (y cobardes) canales tradicionales. Hacemos ruido, exigimos a las autoridades, organizamos movimientos. Somos un poder.

Luis Carlos apostó y ganó.
Ganó tanto que ahora está en la mira del gobierno. Pasó una noche en la cárcel porque levanta opinión, explica, instruye y motiva. El SEBIN lo golpea porque es la antítesis de la dictadura. Porque lejos de crear un apagón – como se le acusa – te da luces para que sigas informando y diciendo lo que piensas.

Vaya hasta él mi abrazo solidario de periodista y amiga, mi aplauso por hacer lo que le apasiona, aunque el riesgo sea enorme.
Seguimos pa’lante, mi refugiado.

Nota: el que se burle de mi sonrisa férrea lo bloqueo, avisao.

Murió el Profe

 

Wil Riera (2)

“Buenos días, bienvenidos a la clase de Documentalismo…” fueron las palabras que escuché de Wil Riera por primera vez en la escuela de fotografía de Roberto Mata.
A partir de ahí, fue “El Profe”.

Entre historias de Cartier-Bresson, Sebastiao Salgado y James Nachtwey comenzó nuestra amistad. Un poco accidentada al principio: yo hacía 1.200 fotos en una sesión y él opinaba que sólo había unas diez que “pudieran funcionar”. Pero nos tomamos cariño, como suele suceder en esas extrañas relaciones académicas donde el profesor destroza el trabajo del alumno y este, en vez de desmotivarse y abandonar, quiere más golpes. A lo Whiplash.

Wil era un perro verde, un bicho raro. Un tipo que podía amar la salida del sol y al mismo tiempo odiar al mundo entero. Un chamo apasionado de la fotografía y ladillado de las personas. De palabra sincera que rayaba en lo hiriente. Un chico migraña, pues.
Pero así lo queríamos todos. Lo queremos todos.

Así compartimos salón y calle. Profesor y alumna en la escuela, colegas fotoperiodistas en las manifestaciones de 2017.
Recuerdo haberle dado un chaleco anti-balas que tenía guardado en el closet porque me mortificaba que saliera herido: “Aquí tienes, mijito, antes de que te den un tiro”.

Luego descubriríamos otras similitudes: barquisimetanos ambos, cabudareños, seguidores de la Divina Pastora y hasta una grata coincidencia: mi hermano Ricardo había estudiado con él en la universidad. Vaya, el mundo es un pañuelo. Y Barquisimeto sigue pariendo talentos que se encuentran como imanes en el mundo.
A partir de ahí, los más panas.

Recuerdo varias noches en las que lo llamaba sin avisar a golpe de 11pm para hacerle preguntas de niña rosa como: “¿Por qué los hombres son así? ¿Por qué te dicen que te quieren y te dejan botada…?”
Y él se reía.
Entre comentarios ácidos y un análisis antropológico, me escuchaba con paciencia hasta la 1 de la mañana.

Wil Riera fue uno de los únicos dos amigos que vinieron a mi casa antes de irme a Francia. “Vamos a tomarnos unas birras porque yo sé que no vas a volver. Ya te compré tus Smirnoff Ice.” me dijo.
Ahí, sentados a la mesa, después de cuatro tragos, le dije: “Profe, véngase a Francia y de ahí nos vamos a la isla de Lesbos, en Grecia, para hacerle fotos a los migrantes que llegan de África. Usted se ganará el World Press Photo y yo tendré una que otra buena imagen para colgar en mi Instagram”.
El: “Sí va.”

Esa fue la última vez que nos vimos. Si alguien me hubiera dicho que Wil iba a morir hoy, sólo un año y medio después, yo misma le habría puesto un ojo morado al mensajero, por atreverse a desearle mal a un tipo encantador de apenas 36 años.

Wil sufriría un ACV en junio de 2018 del que no se recuperaría nunca. El amor de los amigos, de su familia y las ganas de que se levantara de la cama no fueron suficientes. Vimos a Wil recuperar ciertos movimientos, ciertas facultades. Incluso ya hablábamos por WhatsApp y nos mandábamos fotos. Él publicaba en redes y hasta vendió un proyecto fotográfico a un periódico internacional. Increíble. “Chamo, estás en coma y estás publicando más que yo” me atreví a decirle.
Y él se reía.

Pero la mejoría se detuvo en seco esta mañana y la noticia llegó hasta París: “Wil murió”.

Mierda. Pienso en sus padres, en sus amigos, en sus alumnos. En todas las fotos que hizo y las que no hará nunca.
Pienso en lo valiente que había sido en cambiar su carrera de ingeniero y convertirse en fotógrafo, para darle inicio a una vida más aventurera, antes de que le pasaran 30 años por encima con una profesión que no lo llenaba.

Pienso, entre lágrimas, que pudo haber vivido 50 años más y ser un enorme personaje de la fotografía mundial. Pero me alivia saber que deja un excelente trabajo tras de sí y un montón de enseñanzas que no mueren.

Y lo sé porque ahora que me he atrevido a desarrollar un proyecto fotográfico sobre los migrantes en Francia… juro que, cada vez que tomo una imagen, la voz de Wil resuena destrozándola: “Está sobreexpuesta, no sirve”, “Esa es una foto de rutina, no transmite nada” y así… un rosario de regaños que hoy me encantaría escuchar en persona.

No se me olvida nuestro pacto, profe: yo iré a Lesbos… y usted estará ahí conmigo.

Andreina Flores

El ojo del millardito

AlejandroAndrade

Ex-tesorero de la Nación, presidente del BANDES, sub-secretario de la Constituyente del 99, participante activo del golpe fallido de 1992, guardaespaldas y protegido de Chávez desde que tuvo “la suerte” de que su “Comandante Eterno” le vaciara un ojo jugando chapita.

Hablamos de “El Tuerto Andrade”. Una joya de la revolución rojita que hoy ha sido condenado a 10 años de cárcel por una Corte Federal estadounidense, acusado de lavado de dinero.
Salió barato, en mi opinión.

Y es que, viéndose contra la pared, Andrade prefirió declararse culpable el pasado 20 de noviembre y cantar hasta por el ojo cuando las autoridades norteamericanas lo sentaron en el banquillo para que confesara su enriquecimiento desbordado y grosero. No tenía opción… joder, es que es muy difícil esconder 60 caballos, un Porsche, un Bentley, tres Mercedes Benz, dos aviones, 6 mansiones y ser vecino de Bill Gates.

Dice el Departamento de Justicia de EEUU, en un comunicado oficial, que Andrade admitió haber recibido más de MIL MILLONES de DÓLARES en sobornos provenientes de las cuentas de Raúl Gorrín (el dueño de Globovisión) y otros “socios” para que el gobierno les asignara el manejo de transacciones de cambio de moneda extranjera a precios irrisorios.
Esos sobornos fueron entregados a Andrade en efectivo y en bienes de lujo como aviones privados, carros, casas, caballos de carrera y relojes de alta gama. Como parte del acuerdo logrado con la justicia estadounidense, Andrade accedió al decomiso de 1 millardo de dólares y de todos los bienes relacionados con el sistema corrupto en el que delinquió.
No quiero ni sacar la cuenta de cómo se habría podido dotar el hospital infantil JM de los Ríos con esos mil millones de dólares. O el de Coche. O el universitario. O un montón de escuelas. O en comida. O en algo más que los lujos de un hijo de puta que se hizo rico a costa de la nación entera.

Es una lástima que esas cuentas judiciales las esté cobrando un país extranjero, visto que el nuestro apenas está despertando en boca del fiscal Tarek William Saab para pedir la extradición de Andrade. No en un intento de hacer justicia contra un ladrón sino para proteger al panita de tener que pagar cárcel en otro país donde las sentencias sí se cumplen.

Los diez años de condena parecen insuficientes… pero vaya que encienden la luz al final del túnel. Así caerán todos.
Digan amén.

Andreina Flores

Gledys Ibarra, inmigrante en París

Gledys-11

Texto y fotos:  Andreina Flores

Gledys… la de siempre, la negra de ojazos verdes. Eloína Rangel, Luna Camacho, Patria Mía, la Encarnación de Pobre Negro, la misma de nuestros viejos televisores a las nueve de la noche.

Esta vez, bien plantada en un decorado distinto. Gledys llegó a París para presentar su monólogo “La inmigrante”, un guiño a la vida de Kassandra – una venezolana que también lleva nombre de novela – que sufre y aprende a golpes ese proceso en el que estamos miles de criollos ahora: la migración.

Pero no sólo habla de Kassandra. También habla de ella misma. De sus temores, de sus esfuerzos para reinventarse en Londres, de la reciente pérdida de su hija, de sus esperanzas para Venezuela.

Una conversación que me regaló con una confianza rebosante de calor, como quien le cuenta su vida a una amiga entrañable. Al menos así me sentí yo por un rato…

“Este es un texto que tiene mucho en común en este momento con los venezolanos que están fuera de nuestra patria…”  comienza Gledys –  “y también para los que están dentro porque ellos también están en una tierra totalmente desconocida. El detalle que tiene esta pieza es que invita a asomarse por un huequito a lo que es la vida de una actriz fuera de su país, intentando hacer algo fuera de su país, donde ya ha logrado algo.  Kassandra está desquiciada, tratando de reacomodar su vida y tratando de reconstruir sobre algo que ya trae de su país. ¡Y tratando de controlarse! Toma valeriana para calmarse los nervios. Toda la situación la tiene muy fuera de sí pero sin embargo, trata de sobreponerse.”

Cuéntanos ahora de ti, de Gledys… ¿Dónde estás viviendo? ¿Cómo ha sido para ti ese proceso de ser extranjera?

Yo estoy casada con un inglés, tengo once años con mi marido pero había estado muy renuente a irme a Gran Bretaña, a pesar de que Peter Brooks dijo en algún momento que si “el mundo fuera un país, Londres sería el teatro de ese país…”

Caíste donde era, entonces…

Caí donde era, caí donde era. Y bueno, no me da pena confesar que cuando yo llegué a Gran Bretaña, después de estar muy renuente, me compré un libro llamado “Contacts” que tiene toda la industria dentro de sus páginas. Y yo enviaba muchos correos diarios a los jefes de casting, a los teatros… anexando un currículum, fotografías y un demo reel, diciéndoles que si en algún momento necesitaban a alguien con mi perfil, yo estaba totalmente a la orden. Yo mandé, no sé… creo que tres mil correos electrónicos.

Mi esposo llegaba del trabajo y me decía: “Pero Gledys, tú no tienes necesidad de hacer eso, quédate tranquila…”  pero yo sentía que yo tenía que honrar mi carrera porque yo no he sido otra cosa que actriz y Venezuela me dio una oportunidad de formarme en todos los ámbitos que tienen que ver con mi trabajo y eso yo no lo puedo dejar al abandono.  Seis meses después, recibí un correo de un teatro en Londres, haciéndome una invitación a audicionar para la obra “Bodas de Sangre”, que es una pieza de Lorca que yo conozco muy bien.

Yo hice mi audición y después me enteré que todo ese elenco estaba completo pero que cuando recibieron mi correo, no querían dejar de verme para tenerme pendiente para otras audiciones. Sin embargo, más adelante me llamaron para decirme que no querían dejarme fuera del elenco… ¡Yo estaba feliz! No lo podía creer. Yo veía por la ventana desde los ensayos y veía los autobuses rojos y Londres en sí… y decía “Dios mío, dale un amén a esto, que se repita”.

Y así fue. Me llamaron para enviarme un libreto de la obra de “La Tortuga de Darwin” de Juan Mayorga, un dramaturgo muy importante. Es la historia de una tortuga de la Islas Galápagos que muta en una mujer. El segundo correo electrónico fue: “Queremos invitarte a que hagas la tortuga”.  Un año después, me valió el premio que recibí hace algunas semanas, que fue el premio a la mejor interpretación latina de Londres en el año 2017.

Qué orgullo, Gledys. ¿Viste que mandar correos al final sí pagó, no?

Gledys se ríe a carcajadas de saber que tres mil correos no son ningún obstáculo cuando te encaminan hacia un merecido premio en el teatro del mundo. Pero hay más: este año se quitó de la cabeza la barrera del idioma. Buscó un coach, se preparó y se presentó en el casting para “Yerma” de García Lorca… en inglés. No había escapatoria: el rol de La Hechicera es ahora suyo.

En una especie de mini-función privada, le pido a Gledys que me recite algo de su personaje en inglés. Levanta el mentón, abre los brazos y se lanza:

If you come to see the saint
Pray that your womb will open
don’t  wear a veil of mourning
wear your softest, finest linen…

 

Para mí es una visión: Gledys Ibarra dominando el mundo desde las tablas de un teatro en Londres. Eloína Rangel hablando inglés. Y con ella toda Venezuela.

Gledys-2

Y aún con la escarcha londinense sobre las pestañas, decidimos echar 25 años atrás y recordar “Por estas calles”, sin olvidar la vigencia que sigue teniendo en 2018…

“No, no es un recuerdo” – dice Gledys-  “Ahora se está padeciendo lo que estaba comenzando a ser la enfermedad de un país y que definitivamente terminó carcomiendo la carne sana de ese país. La prueba palpable de que había una situación distinta en aquella época es que una novela por estas calles se pudo hacer. El personaje de Eloína Rangel partió mi carrera en dos. Eloína era tan cercana a la realidad de la gente. El público sintió que cada lágrima de ella era su propia lágrima. Es la representación de la mujer de un país.”

En este punto de la conversación con Gledys, tengo que decidir si tomo un riesgo importante: hablar de la pérdida de su hija, quien murió de cáncer en febrero de este año. Sugar Felicidad, una mujer de 39 años que deja dos hijas adolescentes y una madre inconsolable.

No quiero hacer la pregunta pero… estoy aquí con ella en París, en esta tertulia tan íntima que no quiero dejar pasar la oportunidad de conocer ese aspecto de su vida personal. Finalmente, abro la boca:

Gledys… sé que este año sufriste una pérdida importante: la de tu hija. Quería hacerme solidaria contigo, con ese sentimiento. ¿Cómo vives un momento como ese…?

Apenas termino mi pregunta, los ojos de mi entrevistada se inundan, el verde se vuelve agua clara y un silencio profundo abre una brecha que no sé si será insalvable. Me siento la peor mierda de Francia, Venezuela y el mundo entero. Pero ella, más valiente, responde:

“Yo creo que una madre que pierde a su hijo queda total y absolutamente mutilada. Así uno sea solidario con el dolor ajeno, con tanto joven que se perdió en la lucha por Venezuela, por adecentar un país… siempre nos quedamos pensando en la valentía de los seres que hacen esa lucha. Ya en este punto yo me quedo pensando en la valentía de la madre. En seguir viviendo con un dolor que absolutamente nadie puede calcular. Nadie.

Mi manera de sobrellevar ese duelo en este momento es pensar que mi hija dejó dos tesoros hermosos… y ese fue un acto de generosidad que yo debo honrar también. Mi hija fue un canto a la vida. Y si en este momento está reencarnando…  la mujer a la que le toque ser su madre, va a ser una mujer… muy feliz”.

Gledys-12

Gledys, para terminar… ¿qué les dices a los venezolanos que están emigrando? A los que se van en autobús, en avión pero también a los que vemos caminando por las carreteras de Colombia, Ecuador, Perú…

“Yo creo que, en términos generales, la decisión que se tome es una decisión que hay que sacarla con dientes, con garra, con fuerza. Se toma el lugar de migración pedacito por pedacito. Yo les diría: ‘No extrañes, no sientas nostalgia porque Venezuela va a seguir allí. Margarita va a seguir allí.  Yo creo va a haber algún momento en que Venezuela va a necesitar de todas las capacidades que estamos desarrollando afuera para ponerlas al servicio del país. Anda y prepárate. ¿Qué debes hacer? ¿Nunca tuviste que trabajar en la construcción porque antes eras abogado? Pues hazlo y aprende cómo se pega bien ese bloque. A lo mejor en algún momento te toca reconstruir algo que nosotros teníamos como baluarte de nuestra ciudad…”

Y Gledys Ibarra… ¿regresará a Venezuela?

“Yo pienso que sí, quiero creer que sí. Lo único es que yo estoy ya a un bolívar de tener 60 años y lo que quiero es tranquilidad. Lo que sí me gustaría es no morirme sin ver a Venezuela libre…”

 

Escucha la entrevista de Gledys Ibarra aquí:

Volver al Bataclan

Bataclan Ruben Blades

Cuando se entra al lugar donde han muerto 90 personas en una sola noche, uno no sabe muy bien qué hacer. Hay un brote de emociones raras. Un estómago revuelto, una sonrisa nerviosa,, mil preguntas y una mirada alerta para ver quién tiene cara de terrorista, loco o asesino.

La primera en aparecer es la pregunta culpable: “¿Tengo derecho a bailar salsa sobre el mismo piso en el que estas personas fueron asesinadas? Soy una hija de puta. ¿Cómo soy capaz?”

Y luego, ese escaneo visual de 360 grados al teatro completo,  imaginándome un tiroteo eterno y un montón de sangre y gritos. Reviviendo una escena que nunca vi pero que forma parte de una película que ha rodado con mucha nitidez en mi imaginación desde noviembre del 2015.

Bajo la mirada disimuladamente y veo una mancha en el piso. “¿Será sangre? Será que no limpiaron bien y quedó esa sombra oscura para siempre? No, no. Es una veta de la madera. Cálmate”.

Un ramillete más: “¿Qué estaba haciendo Sven Alejandro – el único venezolano fallecido en esa masacre – cuando murió? ¿Estaba saltando como yo? ¿Estaba contento de estar aquí como yo?”.

A pesar de todos esos sentimientos oscuros, hay algo que siempre he admirado de los franceses… y es que se recuperan dignamente de las peores tragedias. De dos guerras mundiales, los excesos de la monarquía, el caos post-revolución y últimamente, los actos terroristas.

Plantan cara y abofetean con esto: “No les vamos a dar el gusto de quedarnos en casa. Francia no pierde su façon de vivre a causa del miedo”.

Es tan contundente su actitud que uno no tiene más opción que plegarse. Tragar grueso, bendecir a los que murieron y bailar “Pedro Navaja” en su nombre.

Amén.

@andreina

Cuentos de la Yuma

Andreina Balcón Habana

No hay escapatoria posible contra esas ideas que se le incrustan a uno en el cerebro y no dejan de hacer ruido hasta que se vuelven realidad.
Así me pasó a mí con Cuba.

Desde el año 2009, se me metió en la cabeza esa extraña necesidad de tomar un avión a La Habana a conocer por mí misma cómo funcionaban las cosas. Yo quería forjarme mi propia opinión sobre “el mar de la felicidad”; quería ir a Cuba a verla de cerca, a respirarla, a tocarla con mis manos y decir – sin influencias ajenas – si me gustaba o no.
Finalmente aterricé en Cuba en abril de 2013. Yo sola.
Y apenas pisé su suelo, me gané el título de “yuma”, la palabra de calle para definir a los extranjeros. Esa soy yo: una chica que pudiera tener rasgos cubanos pero que usa ropa diferente y habla con un acento menos tropical. La que carga la cámara colgada al cuello y se fija en todo.

En este viaje me quité el chaleco de periodista, me puse los zapatos de goma y me dediqué a caminar, a ver, a escuchar. Nada de lo que cuento aquí pretende enarbolar la bandera de la rigurosidad periodística. Al contrario, me habría gustado ser una espectadora pasiva y no sentir este ardor de contar historias. Ser una holandesa de esas que se maravillan por caminar en la Habana Vieja y admiran que los carros de los años 50 – los llamado “almendrones” – todavía rueden por sus calles. O una noruega que se pasea en short y dice “Oh! Beautiful buildings!” sin advertir que son casas viejas que se están derrumbando con familias completas adentro.

En honor a la verdad, durante esa semana no fui ni turista ni periodista. Fui una mujer corriente que desperdició sus días libres en recorrer un sitio que terminó siendo un potente depresivo.

Una ciudad derruida, como si la segunda guerra mundial le hubiese pasado por encima sin enterarse nunca de que existió un Plan Marshall. Una población mayormente conformista, que miente todo el tiempo, que busca sacarle algún peso convertible a los turistas para resolver esas necesidades básicas que aún en Venezuela, en ese momento, asumíamos como medianamente cubiertas.

Ya en ese viaje venía un adelanto de lo que sería mi país en cuestión de meses: nunca había visto yo a un mendigo pidiendo un jabón en la calle. ¿Un jabón?
Sí, un champú, un paquete de toallas sanitarias o un desodorante resultaban verdaderos tesoros en esa locura económica donde la moneda extranjera es la que manda. Un dólar es el sol.
Como dice el cantante cubano Frank Delgado: “Lo bueno de Cuba siempre algo verde te cuesta”.
Pero cuidado, la miseria tiene sus contrastes… si vas un poquito más allá y te sientas en un “paladar” (viejas casas convertidas en restaurantes) la cuenta te puede salir más cara que en Nueva York.

Nunca había visto yo la prostitución tan de cerca y tan abundante. Cierto que las jineteras siempre han sido parte de la leyenda cubana que todos hemos oído pero – en mi ingenua cabecita – pensaba que había que ir a buscarlas. No hace falta. Están allí, en la esquina de mi hotel, en la calle de enfrente, en el malecón, en la rampa. Donde quieras. Yo misma habría podido pasar una noche intensa con un cubano por diez dólares. O con dos por veinte. Ni hablar de la prostitución infantil… que no describo aquí porque el asco todavía me quema la garganta.

Un país donde el internet es un lujo carísimo y de muy mala calidad. Donde la gente sólo ve los medios del estado y tiene pocas voces independientes para informarse, si es que se atreve a buscar información alternativa.

Porque, más allá de todas esas carencias, la huella que realmente me queda impresa en la piel es que Cuba es el país del miedo. Miedo a hablar, a quejarse, a levantar la voz y decir que las cosas no funcionan. Miedo a gritar que la libreta de racionamiento no alcanza, que el sabor de la carne de res ya se les olvidó porque no la pueden pagar. Miedo a decir que un poquito de leche en el café estaría bien pero que sólo se consigue en pesos convertibles, en dólares.

Miedo a decir que Fidel se equivocó, que esa revolución fue un absoluto fraude que sólo le ha traído miseria y represión a sus ciudadanos. Y no los culpo. Gritar “¡Abajo Fidel!” puede valer la cárcel por el cargo de atentado a la autoridad. Y ese es sólo uno entre muchos otros “delitos”.

Yo también regresé con miedo. Y con tristeza.
Tristeza de ver cómo un país se deja aplastar por una dictadura que lo ha dejado en ruinas, tal como quizás hemos hecho nosotros. Tristeza de pensar que si los cubanos han vivido esto desde 1959, los venezolanos podríamos tener aún algunas décadas de chavismo por delante. Dios no lo permita.

En Cuba me decían: “Luchen ustedes en Venezuela como nosotros no lo hicimos. Porque el cubano no enfrenta esta crisis… se va del país.”
Una premonición, sin duda.

La “yuma” que fui en Cuba ve hoy el fin de la era de los Castro por televisión desde Francia. Vaya ironía del destino.
No soy muy optimista sobre este cambio. Me pregunto qué ventajas traerá realmente para el pueblo cubano que el dirigente no tenga apellido Castro sino Díaz Canel.
El concepto de “apertura económica” suena todavía muy irreal. Tengo que verlo.

Sin embargo, como una lucecita de posible cambio, recuerdo la frase que me dije a mí misma al montarme en el avión hacia La Habana en abril de 2013: “Este viaje es necesario. Hay que ver cómo es Cuba antes de que se llene de McDonald’s”.
Amén.

Andreina Flores
IG: @andreinaperiodista
TW: @andreina