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Rubén Pérez, franco -venezolano, es uno de los sobrevivientes del atentado contra el teatro Bataclan en 2015. Aquí a las puertas del sitio cinco años después. Foto: Andreina Flores

Son casi las diez de la noche del 13 de noviembre de 2015. En el famoso teatro Bataclan del centro de París, unas mil quinientas personas disfrutan a todo pulmón del concierto de Eagles of Death Metal, cuando de pronto tres hombres armados con fusiles de asalto irrumpen en el lugar gritando “Allah Akbar” y abren fuego. Inmediatamente, el suelo se llena de sangre, de cadáveres y de heridos buscando salir de ese infierno por cualquier rendija.

Ochenta y nueve personas nunca salieron con vida del lugar. Lamentablemente, no fueron los únicos. Minutos antes, otros ataques con explosivos y armas de fuego se produjeron en el Stade de France, en los restaurantes “Le Carillon”, “Petit Cambodge” y en los bares “La bonne bière” y “La Belle Équipe”. Se trata de la noche más sangrienta que se haya vivido en Francia en los últimos años, que dejó como saldo 130 fallecidos y al menos 400 heridos.

Dos sobrevivientes de esa masacre relatan su experiencia y sus impresiones sobre el terrorismo en Francia, cinco años después.

El muñequito verde: correr o morir

Rubén Pérez tiene 35 años y es franco- venezolano. El 13 de noviembre de 2015 era uno de los presentes  en el concierto de Eagles of Death Metal en el teatro Bataclan. Esa noche, luego de fingir su propia muerte tirado en el piso, logró salir de la sala con vida en un descuido de los atacantes. Su mejor amigo, Grégory Fosse, quien lo acompañaba en el espectáculo, no tuvo la misma suerte.

Hoy, cinco años después, Rubén acepta volver a las puertas del Bataclan para sentarse a conversar con nosotros sobre el atentado:

“Ya habíamos disfrutado de una hora de concierto cuando de pronto, sentimos mucho ruido, unos golpes… busqué a mis amigos pero no los veía. Se me vinieron muchas preguntas a la cabeza: ‘¿Qué está pasando? ¿Este ruido forma parte del concierto? ¿Dónde están mis amigos? ¿Qué les pasa a todos?’

Lo primero que hizo la gente fue aglutinarse  en el suelo… y ahí fue que entendí que había disparos. Yo me acosté boca abajo pero quedé encima de otras personas. Todo el mundo quería estar lo más pegado al suelo posible… pero no se podía porque había mucha gente. Yo quedé en lo más alto del montón.

Yo ya había entendido que había unos atacantes en la sala… pero pensé que habían terminado de disparar y se iban a ir. Pero no. No veía nada pero sí escuché como cinco o seis disparos más y sabía muy bien que por cada disparo… moría una persona.

Además, el ruido era insoportable. Había gente llorando, gritando, había gente sufriendo de sus heridas…

Yo seguía escuchando disparos en la sala y, poco a poco, fueron acercándose a mí… creo que empecé a calcular que los terroristas estaban como a dos o tres metros de mí. Y en ese momento me dije ‘Bueno, creo que aquí me voy a morir…’

No me moví ni un centímetro. Por suerte o por no sé qué razón, el terrorista se alejó del grupo donde yo estaba. Frente a mí había otro chico que estaba acostado en el suelo pero él sí se  atrevía a mirar lo que estaba pasando. Segundos después me dijo: ‘Los terroristas están arriba. Si vamos a huir es ahora’.

Algunos se llenaron de fuerza y corrieron para esconderse detrás de la tarima. Yo levanté la cabeza y vi el símbolo de salida: el muñequito verde que indica por donde está la puerta. Yo estaba como a veinte metros pero decidí correr lo más rápido posible. Escuché disparos detrás de mí pero seguí corriendo, tratando de perseguir al muñequito verde… finalmente alcancé la puerta que me llevó a la calle”.

-¿Qué pasó después? ¿Hacia dónde fuiste? ¿Cómo te reencontraste con tu familia?

“No sabíamos muy bien a donde ir. Yo estaba con otras ocho o nueve personas y nos refugiamos en un edificio cercano al Bataclan, donde unos vecinos del cuarto piso nos abrieron la puerta. Desde allí seguíamos escuchando disparos de los terroristas y minutos después, la intervención de la policía, que fue fuerte. En el apartamento donde estábamos había internet y fue allí donde vimos que había ataques también en el Stade de France y en otros bares no muy lejos del Bataclan.

Fue un miedo inmenso porque sentíamos que estábamos en guerra, que había terroristas por todos lados. A pesar de los ataques, mi mamá me llamó y me dijo que venía a buscarme. Yo le dije que no porque con todo lo que estaba pasando en París, no quería ponerla en riesgo. Pero ella vino de todos modos. Al verme, se puso a llorar, muy nerviosa, porque yo estaba todo lleno de sangre… desde la ropa hasta los zapatos. Pero le dije: “No es mi sangre, mamá, yo estoy bien”.

  • ¿Qué pasó con tu amigo Grégory?

“Cuando por fin me sentí a salvo en ese apartamento que me recibió, empecé a preguntarme dónde estaban mis amigos. Sólo sabía que uno de ellos había logrado esconderse detrás de la tarima, pero de Grégory no sabía nada. La información era confusa en ese momento y alguien me dijo “No te preocupes, tu amigo está con la policía”. Yo me quedé tranquilo.

En la madrugada, volví con mis padres a casa, sintiéndome fortalecido porque había estado cerca de la muerte y había sobrevivido. En mi cabeza, mis amigos también habían sobrevivido.

Pero en la mañana, me di cuenta de que había un problema: en realidad nadie tenía noticias de Grégory desde la noche anterior. ‘Hay que llamar a sus padres, a la policía, para saber qué pasó’ le dije a uno de los amigos que había venido al concierto. Una hora después me dio la noticia: Grégory había muerto en el Bataclan.

En ese momento, tuve una crisis de pánico, lloré muchísimo y me di cuenta de que toda esa fuerza que yo había sentido por haber sobrevivido a la muerte… no significaba nada”.

-Rubén, estamos a las puertas del Bataclan, cinco años después de ese atentado terrorista al que tú sobreviviste. ¿Cuál es tu sentimiento hoy, que acabamos de vivir en Francia tres atentados a cuchillo en un mes?

“Este es el sitio donde he vivido la peor experiencia de mi vida. Siento que estos años han pasado rápidamente pero para mí sigue siendo una herida muy importante. Pero además, lo que está sucediendo ahora en Francia me impide hacer el duelo con calma”- confiesa Rubén.

Desafortunadamente, veo que el terrorismo no está vencido. Está quizás menos fuerte que hace cinco años pero sigue estando presente. La diferencia es que ahora los atacantes actúan solos y no se pueden prevenir todos los casos. Es muy difícil saber en qué momento vamos a tener un atentado, en qué momento alguien va a matar a otro.

La policía hace bien su trabajo aunque quizás habría que aplicar muchos más controles a la gente. Pero al mismo tiempo, Francia es el país de la libertad y yo no quiero vivir en un país donde la policía controle a sus ciudadanos todo el tiempo” – termina Rubén.

Un bello equipo

Grégory Reibenberg es propietario del bar “La Belle Équipe”, escenario del tiroteo que dejó 20 fallecidos, incluyendo a la madre de su hija. Foto: Andreina Flores

Así se llama el libro publicado en 2016 por Grégory Reibenberg, propietario del bar “La Belle Équipe”, situado a pocas cuadras de La Bastilla, en pleno corazón de París. El escenario de uno de los atentados del 13 de noviembre de 2015, cuando los terroristas Brahim Abdeslam,  Chakib Akrouh y Abdelhamid Abaaoud, abrieron una ráfaga de fuego con sus fusiles de asalto, matando a 20 personas.

En su libro, que ha resultado toda una terapia contra la rabia y la desolación de esa noche, Grégory cuenta como perdió a su ex – esposa, Djamila Houd, madre de su hija Tess, quien tenía ocho años para el momento del atentado.

Cinco años después, cuando le preguntamos a Grégory por los sucesos del 13 de noviembre, todavía levanta una barrera glacial. Evita rotundamente el tema.

“En realidad, mi relato de lo que sucedió esa noche ocupa sólo tres páginas  del libro” – dice Reibenberg. “No tengo ningún interés en contar lo que sucedió esa noche, ni antes ni después. Usted es muy simpática pero no tengo ganas de hablar de eso, no sé qué puede traer de bueno recordar ese día”- remata con firmeza.

“Sin embargo, le puedo decir que fue una escena que duró un minuto y medio. Fue como una bomba. Fue una escena de horror. Yo me convertí en el capitán de un barco que se hundió con 20 muertos a bordo”.

Además de su libro, Reibenberg encontró otra manera de reponerse del atentado: demoler “La Belle Équipe” y volver a construirla. Nada de lo que era el bar en 2015 se ha mantenido: la barra ha cambiado de ubicación, las sillas y mesas son diferentes, las paredes se han pintado de otro color y el ambiente busca contar una nueva historia.

“Para mí sigue siendo un sitio lleno de vida y yo no quería que conservara la misma forma física” – cuenta Reibenberg. “Yo no quería vivir el estrés de decir todos los días: ‘Aquí en este rincón, cayó una persona y en el de allá, cayó otra’.

¿Pensó en cambiar también el nombre de “La Belle Équipe”?

“Ni por un segundo. En menos de 48 horas decidí que había que destruir todo para volver a construir el bar pero el sitio debía permanecer bajo el mismo nombre. Queda el mismo espíritu pero con un aspecto diferente”.

Sin embargo, en una de las paredes, usted decidió rendir un discreto homenaje a las víctimas…

“Efectivamente, sobre las paredes de la terraza, yo mandé a hacer dos paneles de cristal pintados a mano, con flores de amapola, donde se pueden leer los nombres de las veinte personas fallecidas en el atentado del 13 de noviembre. Sí, es una manera de rendirles homenaje  y de tenerlas presentes con nosotros”.

¿Cuál es su sentimiento con respecto al atentado contra “La Belle Equipe” cinco años después?

“Cinco años son cinco años para usted. Para los que fuimos afectados, no representa un tiempo definido. No tengo el mismo sentido de la temporalidad. Es atemporal: es algo que pasó ayer y al mismo tiempo, pasó hace cien mil años. Ustedes piensan en eso una vez al año. Yo pienso en eso todos los días. Para nosotros, no hay fecha.

Su hija, Tess, tiene hoy trece años. ¿Cómo ha vivido estos cinco años después de la muerte de su madre?

“Mi hija, afortunadamente, está bien acompañada por su familia. Ella entendió lo que sucedió esa noche. Al principio, no creía que su mamá había muerto… tenía sólo ocho años. Pero ahora que va creciendo, hace más preguntas sobre su madre.
Sin embargo, lleva una vida normal como todas las jóvenes de su edad: las fotos, el Instagram, canta y publica vídeos. Y ahora… (se ríe antes de continuar)…  ahora tiene ganas de convertirse en oficial de policía”.

¿Cuál es su impresión al ver estos ataques a cuchillo que se han producido en Francia en las últimas semanas?

“Los ataques terroristas no van a parar de hoy para mañana. Van a continuar porque somos Francia. Porque somos el país de la libertad, porque podemos publicar una imagen de Jesucristo o de Mahoma y eso molesta a mucha gente en el resto del planeta pero para nosotros es libertad de expresión.

Hay seguridad, hay policías, hay militares. Pero no se puede detener a un loco, un iletrado, un imbécil que va por la calle dando cuchillazos a los demás. No se puede detener. Se puede poner un policía detrás de cada persona, detrás de cada profesor como Samuel Paty, eso no cambiará nada. La única forma de pelear contra eso es que todos nos armemos de valor y digamos no”. termina Grégory.

Cinco años después de los atentados del 13 de noviembre, Francia vive una nueva ola de terrorismo. Tres atentados a cuchillo se han registrado en un mes: el ataque a la vieja sede del semanario Charlie Hebdo, la decapitación del profesor Samuel Paty y, por último, el atentado en la iglesia Nuestra Señora de la Asunción en Niza, ocurrido apenas el pasado 29 de octubre.  Los tres ataques han sumado cuatro  muertos.

Las heridas de los sobrevivientes del 13 de noviembre de 2015 siguen abiertas.

Andreina Flores

París

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