“La libertad de irse” por Rafael Osío Cabrices

Ilustración: Idana Rodríguez

El 23 de abril, en su programa de radio, César Miguel Rondón reprodujo cuatro testimonios de jóvenes profesionales venezolanos que viven en el exterior. Ninguno de ellos se arrepentía de su decisión.

Eran dos médicos, ambos en España; un abogado en Panamá y un ingeniero petroquímico en Qatar.

Estaban estudiando postgrados, los tres primeros, con la intención de quedarse allá, y el cuarto había conseguido empleo en ese emirato del Golfo Pérsico luego de que fracasara la huelga petrolera de 2002 y 2003. Luego, Rondón entrevistó a la responsable del sitio web Mequieroir.com, ahora establecida con su empresa en Montreal, quien dijo que en 2009 y 2010 habían aumentado las visitas a su website a la increíble cantidad de 50.000 diarias. A continuación, dos psicólogos dieron unas cuantas ideas acerca de las razones de esta fuga de cerebros, así como de las muchas consecuencias que eso tiene para este país.

A diferencia de otras naciones latinoamericanas, en Venezuela los que emigran son los más capaces, por lo general gente de entre veinte y cuarenta y pocos años que se va a estudiar, a trabajar (aunque no sea en su profesión) o a mudar sus empresas a ambientes más propicios. Es talento que el país ha formado y que está perdiendo, capital humano y económico, justamente la gente que hará mucha falta para reconstruir Venezuela del estado en que está. Muchos más quisieran irse también y no pueden o no encuentran cómo hacerlo. Muchos más se irán en el futuro cercano. Y esto es inevitable.

Lo grave de esto es que es perfectamente legítimo. Al menos a mí no se me ocurre ningún argumento con peso para decirle a mis amigos que no se vayan. No tengo ninguna cifra sobre la disminución de la inseguridad, sobre la mejora de la economía, sobre la derrota de la burocracia o sobre el retroceso del oscurantismo autoritario al que buena parte de esta sociedad se entregó. Y nuestra generación, los que nacimos en los años 70, sólo hemos visto al país decaer: nos tocó ver el declive económico en la primaria, el Caracazo en bachillerato y el regreso del caudillismo militar en la universidad. A los que estudiamos periodismo, de paso nos tocó aprender a ejercerlo bajo insultos y amenazas permanentes.

Lo grave de esto es que todo el mundo tiene la libertad de irse. Que en mi opinión, y en la de unos cuantos más, no hay ninguna obligación de permanecer donde uno no quiere estar, donde uno no se siente bienvenido ni apreciado ni defendido, sino todo lo contrario. Venezuela se ha convertido en un país que persigue la inteligencia, proscribe el individualismo y condena de entrada todo acto de libertad. Un país que ha prohibido el futuro y que ha vuelto asfixiante el presente. Un país que exalta, más que nunca, a la fuerza sobre la razón.

Irse no es fácil, cuentan todos los que se han ido, ni por lo que se deja ni por lo que se tiene que aprender. Implica alejarse de los afectos. Pero es una prerrogativa de los individuos libres, una de las pocas que todavía nos quedan: la de hacer lo que hay que hacer para vivir en un lugar mejor, levantar en paz una familia, poder poner en práctica lo que uno ha aprendido y aprovechar la etapa más productiva de la vida. Uno tiene la libertad de vivir en un país donde el mero hecho físico de vivir no esté permanentemente amenazado.

Rafael Osío Cabrices.
Revista Todo en Domingo. Diario El Nacional
16 mayo 2010

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